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Ayer me encontré a tu madre en la cola del supermercado. Putrefacta, desangelada, estéril. Como la ironía como el desatino como todos los desfases y los cantos de los pájaros al alba, cuando se muere la noche siendo la oscuridad vida y los resplandores furia, ataraxia, desenfreno y muerte.

Ayer vi a tu madre en la cola del supermercado. Digo que era tu madre porque tenía el mismo formato que tú aunque era el doble de grande y con la misma foto de unas vías del tren en la portada.

Carolina tenía muy claro que sus personajes mentían más que hablaban. Más exactamente, sus personajes tenían una perspectiva del mundo muy distinta a la suya. Lo percibían todo… desde su personalidad.

Es un eufemismo. Llama “estado” a las cosas que cuento. Siempre me pide que le hable de mi vida, de mis cosas. Me está enseñando a identificar “el estado”. Para él, para ellos, cuando hablo de ciertas cosas mi estado “va mal” y cuando hablo de ciertas otras “va bien”. Como si hubiera diferencia entre lo malo y lo bueno. Entre su realidad y la mía.

Pero si tú no me quieres, Pedro. Te gusta mi cuerpo y a ratos te lo pasas bien conmigo, pero ya está. No me quieres de verdad, soy sólo compañía. Pues que sepas que yo tampoco. Si tú no me quieres, yo tampoco a ti.

Luces apagadas se entremezclan en el furor de la mañana, y en el resentimiento, y en los girones de olvido como una Coca-Cola caliente, que todavía puedes beber pero no sabe bien, como un billete de metro de diez viajes del que se han gastado nueve, que puedes usar pero sientes que se acaba. Y así sin que nadie lo vea, sin fuegos artificiales ni súbitos enfados ni maltratos ni lloros ni llantos ni gritos de odio, me has dejado.

Las personas cambiamos. A mejor o a peor, cambiamos. Dando bandazos, tal vez, perdidos sin rumbo o con una meta clara, cambiamos. ¿No creéis? ¿No os parece que vuestra vida no es la misma que hace unos años? ¿Pensáis acaso que vuestra personalidad y vuestro mundo son algo estático? Pues no lo es. Cambiáis. Cambiamos.

Y rezo todos los días. Todos los días rezo. Un poco por las mañanas, a veces entre horas, siempre por la noche. Temerosa de Dios soy, y espero su mano prodigiosa sobre mí. Que son ya casi tres años con cancer, y me queda poco de vida. Muy poco ya, me queda.

La luz de la habitación estaba encendida, pero yo sabía que no estaba allí. A veces, enfrascado en mi locura, me preguntaba si alguna vez lo había estado. Si Sofía, que me había querido, se había ido para siempre, mi cerebro no albergaba ningún motivo para creer que había existido en absoluto, como si el amplio abanico de recuerdos que me ataban a mi ex-novia todavía hoy fueran sólo una vaga excusa en mi cabeza para no cortarme las venas.