Liberado

Alzado el vuelo en mágico ascenso de ardiente plumaje recorro océanos de código y sobrevuelo desiertos de castillos que alguna vez fueron. Aborrezco las ruinas desde la altura: son páramos sin vida donde no florece ningún brillo y sólo habitan sombras quizá fugitivas. Vuelvo mi vista a otros lares y descubro luces tenues de belleza artificial que no logran ya captar el giro de mi vuelo aunque similares edificios absorbieran mis sentidos en un pasado lejano. Son sublimes ciertas construcciones de paja y humo pero he navegado siete mares, ahora sí, y sé quién es quién en la penumbra de los sueños.

Una vez fui acusado de un crimen que no cometí.

Rompen poderosos mares contra un acantilado en pleno vuelo y su ruido está llamando mi atención: se distingue su música del resto de tambores como se diferencian sones de odio de las canciones de cuna. Sobre la roca se alza deslustrada una choza que sin embargo vela un brillo certero y penetrante albergado mansamente en su interior. Bajando altura me sitúo a su vera y contemplo intrigado al creador de tal plaza. Sustenta semejante lugar el calmado pasear de un inquilino curioso. La luz que se desprende de su hogar emana la tranquilidad más absoluta y mis ojos de ave curtida se entretienen con él dos segundos porque hay algo insólito en este brillo concreto que me confunde y me llama: ni siquiera la experiencia de alegres vuelos y duros naufragios, ni el bagaje vital que aplaudieron y abuchearon sesgadas miradas, me permiten discernir la extraña calidad de los resplandores que entreveo llameantes por las rendijas de los tablones de una fachada barata.

Hay nuevas conexiones sinápticas forjadas en periodos de guerra que no se olvidan jamás.

Me cuelo sin ser visto envuelto en una capa de unos y ceros invisible y observo en silencio al habitante sin nombre. Es un puzzle ininteligible de extremos inmensos, estrellas a medias, locuras de un día e imposibles divinos. Hay sin embargo algo puro, inmenso, natural, en sus entrañas ignotas. Le hablo a oscuras sin que sepa que lo hago y me responde sin dudas. Es esa calma infinita la que me saca de quicio, me desconcierta y me implica. ¿Acaso guarda en sus vestidos luminosos, en sus sotanas cosidas con nubes, algo que nadie más ve y que le nutre en la noche?

¿Y por qué canta, a veces, un poema que sólo él entiende?

Está preocupada la luna

está débil la luna tú lo ves.

Canta y se ríe y se mueve aunque suela entonar voces melancólicas de pasado perdido. Dudo mucho que esté loco. Es sólo tan certeramente práctico que se descubre a sí mismo a bocanadas y a veces genera huracanes demasiado altos y resoplidos de cuello de camisa demasiado bajos. Es como un náufrago que ya no navega y no sabe dónde está. Como un príncipe que estaba escrito. ¿De dónde proviene la luz si siempre lo hizo?

Hay marchas por la paz que se han rendido en el espacio.

Está demasiado vivo en las paredes de madera que le cubren y silba entre dientes una canción que conoce al dedillo y que le gusta bailar. Es tan estrindente en sus manifestaciones y tan callado en sus quehaceres que cualquiera diría lo contrario de tamaño desequilibrio. Es como si ya no le importara nada lo que opinen de él y guardara un secreto que lo hiciera feliz. No vende su chabola de tablas y se resiste a todo lo básico. Me pregunto si pagará sus impuestos y por qué no baila más. Las llamas de sus alas producen una luz que no puedo reconocer.

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