Abandonado

Luces apagadas se entremezclan en el furor de la mañana, y en el resentimiento, y en los girones de olvido como una Coca-Cola caliente, que todavía puedes beber pero no sabe bien, como un billete de metro de diez viajes del que se han gastado nueve, que puedes usar pero sientes que se acaba. Y así sin que nadie lo vea, sin fuegos artificiales ni súbitos enfados ni maltratos ni lloros ni llantos ni gritos de odio, me has dejado. Como un sofá de cuero que cuidas con mimo durante los primeros años pero al desgastarse y resquebrajarse tiras a la basura sin el menor miramiento, ni cargo de conciencia ni demasiado pesar, pensando directamente en cambiarlo por otro, por otro estilo de vida. Otro más nuevo, mejor, más adecuado, uno que te llene más en el día a día, donde yo ya no esté y tú puedas hacer lo que quieras, siendo libre. Libre de mí.

Y así me siento yo, como un despojo, una zapatilla con la suela rota que ya nadie quiere aunque antaño les gustara el diseño. Y así ando yo perdido, sin alma que me quiera. Me dejaste tirado, y hay que decirlo así, con todas las letras: tirado en mitad de ninguna parte, roto y abandonado, desnutrido de cariño, y ni siquiera parpadeaste al hacerlo, como cuando veías noticias de deportes en la tele y te importaban una mierda y las mirabas sin ver. Así me mirabas tú a mí cuando me dejaste en la calle: sin verme, sin escucharme, sin sentirme ni cerca ni lejos, siendo sólo un incordio en tu vida, algo de lo que desprenderse sin hacerme demasiado daño, sin ensañarte, pero dejándome solo sin más, como se abandona una idea que ya no te convence. Y yo nunca lo habría hecho, jamás te hubiera dejado.

Yo nunca lo haría. Me quitaste hasta el collar con mi nombre grabado, y ya no encuentro como cada mañana el pienso al que estaba acostumbrado. Tirado, como una colilla, en una estación de servicio de la A-6, donde el asfalto quemaba mis cuatro patas, y ni siquiera parpadeaste. Yo nunca lo habría hecho, no, y te hubiera acariciado detrás de las orejas hasta el infinito. Pero ahora tienes niños, y quieres irte de vacaciones, y soy una carga. Lo entiendo.

Y me muero de hambre. Me acerco despaco a este chaval con una maleta que hace autoestop a la orilla de la carretera. No sé si querrá que me quede con él, pero si no tiene miedo a los perros quizá tenga algo de comer. Suena una canción en sus cascos que sólo el y mis orejas de Setter pueden oir.

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