Adivina

No me hace gracia, nunca me la ha hecho. Pero repite la broma como si fuera la primera vez que la oigo. Lo hace a menudo. Lo de repetir cosas como si fuera la primera vez que las oyese. A lo mejor nos conocemos demasiado. A lo mejor la conozco demasiado, y ha llegado ya el momento de partir. Ella, a veces, parece no conocerme en absoluto. Las cosas que imagina que voy a hacer, pero nunca hago, son un ejemplo de lo poco que me conoce. Trata de adelantarse a los acontecimientos, a mis hechos, a mis actos, pero nunca acierta. Se sigue equivocando una y otra vez sobre lo que realmente tengo pensado hacer, y luego hago.

– No salgas a la terraza -me dice.

– No pensaba hacerlo -contesto.

Hay que ser tonta, joder. Quién coño le ha dicho que iba a salir a la terraza, ni se me había pasado por la cabeza hacerlo. Nada más lejos de mi intención.

– No pensaba -digo de nuevo.

Pero el caso es que, ahora que lo dice, me entran ganas de salir a la terraza. Pero ya no puedo, porque entonces ella se pensaría que ha acertado, y me diría algo del estilo de «¿Lo ves? Te lo he dicho, que no salieras a la terraza».

-No, no pensaba hacerlo -repito.

Me harta que haya convertido a esta mujer en mi familia. Después de cinco años casados, me pregunto qué vi en ella. Si ni siquiera sabe adivinar qué voy a hacer yo, joder. Que ya es tiempo para hacerse una idea de cómo funciona mi cabeza.

Yo sabía bien cómo funcionaba la suya y, de haber querido, hubiera podido adelantarme a cada uno de sus actos, y decírselo antes de. Pero no me apetecía, ¿para qué?

– Bueno, pues tampoco te quedes dormido -me dice.

Me entran ganas de gritarle que no tengo sueño, la hostia. Quién coño le ha dicho a ella que yo quiero dormirme, cuando no es así. De dónde se saca eso, de qué manga.

– No, tranquila -respondo-, no tengo sueño.

Aunque la verdad es que es tarde… No me vendría mal acostarme ya. Se me va la vente pensando en apoyar la cabeza sobre la almohada y quedarme dormido.

– Ni pizca -añado, como clarificando-. Ni pizca de sueño.

Joder, con lo bien que me vendría una cabezadita y lo mucho que me apetece irme a la cama a dormir. Pero no puedo, porque entonces la muy tonta se pensaría que ha acertado; como con lo de salir a la terraza, con lo mucho que me apetece salir a fumarme un cigarrito.

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