Alba garabateada

Qué habrá sido de Alba. Dónde estará, quién será. Alba, que bailaba enrojecida cuando todos ya dormían y pausaba las noches con vapores de insomnio. Alba, que no tenía más de quince años pero en las salas de fiesta doblaba mis veintiuno y embrutecía las almas como absorbía el calor, que acompañaba los pasos con risas perdidas y bebía los mundos entre alcohol y sonrisas. Alba, que con novio o sin él se follaba marchita a todo el que se acercara, que seguía un camino, que buscaba en los días, que quería sencilla. Alba, a quien intenté salvar cuando estaba caída. Alba, cuyo rastro perdí.

Se le entorpecieron los pasos. Dejó de bailar con la lluvia en los ojos. La recuerdo abierta en su miedo, recogida en los chistes, despierta en los sueños. Sombra adocenada en la hierba en los parques, el porro en la mano, la palabra en el aire, la mirada en suspenso. Alba está grabada en vídeo en una cinta en alguna parte. Llevaba un colgante que esgrimía tranquila y calmaba los truenos con gestos risueños. Alba, que lloró en las escaleras de mi casa y no sabía por qué, y no supimos por qué, y no existía un por qué. Alba impetuosa en su rabia garabateando un trozo de papel mientras usaba mi móvil para llamar a una madre que quizá la esperara, Alba tranquila en un submarino en el coche, Alba acosada perseguida por tontos, Alba muerta de risa por nada en el fondo de un vaso.

Una vez nos detuvo la Guardia Civil en un callejón oscuro de una calle con bares mientras fumábamos risueños encerrados en humos portando delito. Aquella vez juré dejadla, dejadla, a mí lo que queráis pero a ella dejadla cuando nos tomaban los datos y registraban con linternas apoyados en frío. Sólo tenía quince años y la cabeza en las nubes mientras consumía estupefacientes con un mayor de edad que la acompañaba en sus viajes. Sólo estaba buscando un camino, su camino, algún camino. Lo último que supe de ella fue que lo había perdido. Quizá todavía hoy camina erguida, y ha olvidado los truenos y las peleas tiradas y las noches clavadas y los polvos insulsos y las aceras de mármol. Con un poco de suerte, quizá lo haya olvidado todo.

Alba. Como no tenía un sendero confundió las rayas de coca con adolescencia insolente y convirtió todo paseo en una espiral sin respiro. Acabó en un centro de Garantía Social sin querer hacer nada y sin llegar a ser nada, perdido el camino, trastocada la meta, inscrita en la mierda. Alba, hermosa en los rasgos y atractiva en el trato, viva jugando con fuego y cautiva en sus juegos. Alba, que insolente en las luchas y absorta en la nada respondía sin dudas ante todo dilema. Alba, que por fin encontró quien la amara para él sólo y me alegré por su encuentro porque encontró dónde estar. Alba, que rompió con su sitio cuando sus ansias de fiesta vencieron toda sensatez y regresó sin resistencia a los bares de copas en los que no sabía quién era, ni necesitaba saberlo. Alba, que no pudo enderezar el camino y enfrentándose a las noches perdió el norte que tanto le costó soñar.

Alba, de la que ya no sé nada, que lloraba en los escalones y reía con hierba y hablaba con todos y fingía estar bien, que creía en mis actos y escuchaba consejos y gritaba a los demás que no sabían pasarlo bien. Alba, que atenta a todo cambio buscaba cualquier cambio y cambiaba por coca billetes de otros alzando una mirada todavía inocente, confiando en la gente y destrozando su cuerpo, pleno de locuras, en lozas de baños. Alba, que mientras hablaba por teléfono garabateaba en trozos de papel palabras prohibidas. Alba, que aquella vez escribió mientras odiaba a su madre eres una hija de puta con trazos seguros y arrugó el papel tras colgarla en mi casa, a las tantas, todavía colocada. Alba, que sólo tenía quince años y no encontraba un camino pero lo estaba buscando. Qué habrá sido de Alba. Dónde estará, quién será.

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