Arenas Movedizas

En la sinceridad que nos procuran nuestros propios anteojos, que no es mucha, encontramos clientes que nos agradan al trato. Por clientes quiero decir personas que necesitan algo de nosotros. Puede ser cariño, puede ser información, puede ser dinero, puede ser sexo. Algo quieren, y nosotros les vendemos lo que buscan. Hay gente que no pone precio a lo que ofrece y lo dona o lo regala, continuamente, con mucha facilidad. Otros ponen precios estrambóticos a las mayores nimiedades y esperan recibir a cambio algo muy descompensado; y a veces lo consiguen.

Hay gente también que tiene granjas, donde alimenta al ganado y riega los campos, y luego recoge de la siembra. Es decir, que da primero para recibir después. No es demasiado arriesgado; se suele, sí, recoger de lo que se siembra. No siempre, pero se suele. También, a veces, sin comerlo ni beberlo, alguna bofetada cae de improviso sin haberla merecido. Sí, y a veces besos que no se ha ganado uno, pero caen. Como del cielo.

Descubrimos pues que vivimos en un mundo donde la confianza se mide en billetes y el amor en términos de juegos de poder, y quizá en las relaciones de género sea más importante el equilibrio en la balanza que ninguna otra cosa. Lo que no quiere decir que una balanza donde uno de los lados pese bastante más que el otro esté descompensada; al contrario: sigue estando en equilibrio, y quizá más estable que una supuesta equidad en la relación. Tal vez cuando uno de los miembros de la balanza tiene más peso que el otro, sobre el otro, en el otro, se engarce a sí misma una dinámica que puede durar eternamente en plena felicidad. O casi, por no movernos en el terreno rosa de las utopías.

De saber mantener, en este mundo de relaciones sociales, los equilibrios y el complejo sistema de medidas y pesos, así como los principios de reciprocidad, libre mercado y venta al detalle, quizá todo en este planeta funcionara mejor, pero sería menos divertido. Es más atractivo contemplar y deleitarse en los escarceos fugaces con final no pretendido, en las intenciones desviadas, en los propósitos que no alcanzan su meta, se tuercen, se destruyen, se malean o cambian, se adaptan, se transforman, se convierten. Mucho más entretenido. Y como no sabemos, y aprendemos a cada instante, es como un colegio: con gritos y llantos y risas y juegos y momentos serios y momentos graves y momentos preocupantes y momentos de me-importa-una-mierda y momentos de alegría y momentos de ni-siquiera-sé-en-qué-momento-estamos-porque-me-lo-estoy-pasando-tan-bien-que-se-me-ha-olvidado-pararme-a-pensarlo.  Sí, es todo una palabra, eso es: momentos de ni-siquiera-sé-en-qué-momento-estamos-porque-me-lo-estoy-pasando-tan-bien-que-se-me-ha-olvidado-pararme-a-pensarlo. Ese momento. Ese lugar. Esa persona. Esa interacción que es un éxito. Aunque tuvieras una idea pero haya salido otra.

Y me pregunto si cuanto más sabemos, más aprendemos, más dominadas tenemos las relaciones sociales, de género y de todo tipo, menos graciosas son, más cognoscibles, menos llamativas, más asumidas, menos locas, más tranquilas, menos interesantes, más aburridas. Y que así, por eso, quienes las tienen dominadas buscan lo extraño, raro, diferente, aquello que les desafía y les somete, mientras quienes se sienten perdidos buscan lo confiable, lo seguro. A lo mejor lo que nos distingue en el valor y en los miedos no es el corazón valiente o cobarde, sino las experiencias acumuladas que nos hacen decir “sé dónde estoy, qué está pasando, lo que debo hacer” y reducen el margen de riesgo a una cantidad asequible, imperceptible. Sí, tal vez. Otro día, en el colegio, hablamos de zonas de confort y miedos varios. Hoy, que nos quede claro que en las arenas movedizas conviene siempre saber dónde pisar.

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