Assuage

Me gusta la palabra inglesa assuage, participio assuaged, que significa hacer una sensación desagradable menos intensa. Léase «hacer menos intensa» como transformar, convertir de forma paulatina, devenir esa sensación, sentimiento, pensamiento, en una versión más mínima, degradada, mermada, reducida de sí misma. Quizá la traducción más correcta al castellano sea «mitigar», pero también se pierde algo en la traducción porque assuage recoge indómita la percepción subyacente de «aplacar», como si una fuerza incontrolable, huracanada, se viera reducida por la fuerza a una posición inferior. Así que no aparece en los diccionarios, pero yo prefiero la traducción «amansar», incorrecta, porque es lo que se le hace a una fiera cuando logras calmarla, reducirla.

Digo que me gusta la palabra, pero no en todos los contextos. Assuage habla de calmar nervios, emociones y sensaciones, como cuando en mitad de la noche sufres preocupada porque tu hija menor no ha vuelto todavía a casa saliendo de fiesta con quince años y no da señales de vida, incluyendo la hora acordada de regreso, y tu cabeza recorre dolorosa todos los posibles desenlaces trágicos de lo que puede haber sangrientamente sucedido hasta que de repente, con un soniquete alegre del teléfono móvil, recibes un mensaje de esa niña a la que tanto quieres diciendo que está bien y que ha perdido el autobús, pero que vuelve en taxi. Que no te enfades. Assauge, amánsame. Cómo se calma rauda la preocupación, la sensación de horror.
Assauge es por tanto también la difuminación imprecisa de miedos cuando algo los diluye, o el encuentro con un desenlace que produce la desaparición de la sensación que la falta de desenlace provocaba, sobre todo en la medida en que el vocablo inglés se utiliza también en una acepción cercana de «satisfacción de un deseo». Es decir, en general es un verbo agradable pero, como decía, hay dos contextos en los que a mí, particularmente, no me gusta: la separación amorosa y la rebelión por injusticia.

Los americanos (léase norteamericanos) jóvenes de hoy día utilizan el término «fade» para referirse al contexto en que una pareja se distancia de forma paulatina, perdiendo progresivamente contacto e intimidad hasta separarse por completo, sin figurar en el proceso cortes explícitos, cambios bruscos, definiciones firmes del nuevo estado, como si siguiendo tranquilamente el flujo de acontecimientos se llegara a un desenlace lento sin percepción súbita de que haya habido un movimiento. La belleza de la palabra «fade» proviene del uso del término por parte de la industria musical para describir el final de las canciones donde el volumen baja progresivamente hasta llegar a cero, y no hay un final brusco definido, un «tachán» final. Cuando una canción termina en fade, el sonido sencillamente se va alejando poco a poco hasta perderse del todo. Tiene, por tanto, mucho sentido aplicarlo al ecosistema de primeras citas, polvos con mayor o menor implicación, contactos fugaces del corazón y compañeros varios que viajan a nuestro lado en las emociones, y ese alejarse es un fadding, un assauge, un aplacarse, un amansarse de las emociones y de los sentimientos, un calmarse progresivo de lo que se siente hasta convertir la intensidad salvaje en vulgar nada. Y digo que no me gusta, aunque se eviten dramas y llantos, discusiones y gritos, porque en ese paulatino devenir hacia el vacío donde se va perdiendo el contacto poco a poco y te alejas de forma silenciosa, no hay claridad. La definición certera y rauda de una situación (ahora estamos juntos, ahora no) es útil para ubicar personas y sentimientos, futuros y pasados, querencias y deseos, odios y desplantes, en su justo contexto. Es por tanto una ayuda al intelecto y al corazón, en la medida en que un interruptor ayuda a encender y apagar la luz sin necesidad de alejarse poco a poco de la fuente de luz; interruptor, tal cual: ahora estamos juntos, ahora no lo estamos. Porque todo puede hablarse, y definirse, y acordarse, y atenerse a las decisiones, y se ahorra así tiempo y dolencias, al cortar bruscamente y romper todo contacto de forma decidida, sin prolongar el suplicio en un no saber constante de arenas movedizas y paredes móviles, donde no sabes dónde estás ni qué está pasando, cuando con un simple «si» o un sencillo «no» todo estaría claro, cristalino, comprensible, cognoscible, definido, en lugar de ese marchito proceso de difuminaciones y dudas que tanta reflexión malsana requiere en el interior. Es siempre mejor un «hasta nunca» que un «poco a poco quizá adiós». Siempre.

El otro contexto en el que el bello assauge era, decía, feo, es en la situación de rebelión por injusticia. Que debe ser injusta, y debe ser rebelde, para que assauge pierda su gracia positiva y se convierta en verbo despectivo, pues consiste en el abandono de la meta por pérdida de fuerzas, interés o, más malditamente, imposibilidad de alcanzarla, ese amánsame que comentaba, como si las utopías no fueran también indicaciones hacia dónde dirigirse como si de señales de tráfico en la carretera se tratara, y sólo fueran aquello tan manido por la derecha de «es imposible, así que lo olvidamos», que en realidad debería ser siempre «aunque fuera imposible, es la dirección hacia la que debemos tender», porque ésta última es la verdadera definición de utopía, y todo lo que sea abandonar una lucha de una causa justa (una rebelión por injusticia) por lento desánimo, progresiva desgana o paulatino desengaño es, cuando menos, un hecho triste y, cuando más, conformismo. Terrible, horrible, asqueroso conformismo.

Assauge, decía. Una palabra bella salvo en contadas ocasiones, que yo prefiero traducir como amansar en una mezcla de aplacar y mitigar, como si las diferencias de todo lo que acontece fueran siempre de grado, y pudiéramos bajar el volumen de lo que sucede hasta resguardarnos en el silencio, o pudiera convertirse lo indómito, enorme y salvaje en algo pequeño, cauterizado, catatónico, suave. Suavidad es, quizá, la palabra que mejor describa «assauge», y por eso me guste.

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