Avanzó al interior de la casa

Avanzó al interior de la casa. Dinamita, podía volarla con dinamita. Pero no lo haría. Era su casa. Aunque la odiara, era su casa. Y era curioso que se sintiera más seguro fuera de ella que en el interior. Joder, era su casa y se sentía obligado a llevar un escudo de emociones cada vez que cruzaba el umbral. La culpa la tenía ella, la murciélago que vivía de noche y dormía de día: su hija. Tenía 15 años y era una hija de puta.

Vamos a entendernos: su madre era una santa, pero ella era una hija de puta. De mayor podría ser lo que quisiera, carterista o prostituta barata. Sí, eso es lo que llegaría a ser, como mucho. Y Carlos no sabía por qué; su madre y él la habían educado tan bien como sabían, igual que a su hermano. Y Sergio era normal. Pero ella… ella era el Diablo. Y podía estallar en cualquier momento. Por eso Carlos tenía que ponerse el escudo alrededor del corazón cada vez que llegaba a casa, su propia hija era una amenaza. Y aquello era una guerra, con las habitaciones como campos de batalla. Acampaba uno las tropas allá donde estuviera, en la cocina, en el salón, en el pasillo, por si aparecía ella, silenciosa y traidora. Nunca sabía cuándo iba a soltar la bordería, el comentario soez, la indirecta dañina. Los planos de la casa no eran planos, era un mapa de batalla.

No valían las normas. No se la podía mandar a su cuarto. No aceptaba castigos. No tenía límites. Sólo sabía hundir autoestimas y hacer daño. Herir se la daba de lujo. Carlos había pensado muchas veces en echarla de casa y prohibirle la entrada, pero sólo tenía quince años. Era un poco una niña. Pero qué cabrona, la niña. Cría cuervos… no sabía dónde se habían equivocado con ella. Era esta sociedad podrida en sus raíces. Aquella noche, como siempre que se sentía angustiado y sentía ansiedad, Carlos se metió en la cama de su hija diabólica que intentaba dormir y, enmascarado en la oscuridad, comenzó a tocarla recorriendo el conocido cuerpo, hasta que se le puso dura y pudo penetrarla otra vez. Carlos no entendía, con el amor que la daba y lo bien que la cuidaba, que su hija hubiera desarrollado aquel carácter rebelde de mierda, esa actitud de maldad pura.

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