Brunete en fiestas

Ya están aquí las fiestas. No sé cómo será en otros lugares, pero en los pueblos pequeños las fiestas patronales son una época señalada. Son como Nochevieja y Navidad, pero sin los vestidos de noche y los trajes y con mucha más distensión. Son días para beber con conocidos y desconocidos, para entenderte con gente que has visto miles de veces pero nunca has hablado con ellos, para olvidar riñas con enemigos ancestrales –tanto que ni siquiera recuerdas bien por qué lo son- y para crear nuevas peleas surgidas de la nada que te llevan a derribar carpas (por lo que todavía te descuentan noventa euros mensuales de la nómina), pegarte con grupos de extraños y caer en la sinrazón de los “voy a partirte la cara – te la voy a partir yo a ti”. Son días de alcohol, drogas y desfase, pero también y sobre todo implican la creación de espacios de reunión –los locales de las peñas- únicos en su naturaleza por carecer de la formalidad de los bares o discotecas y por ser algo sinérgicamente construido con la ayuda de todos los miembros del grupo, y abierto a cualquier visitante.

Mi peña es probablemente una de las más antiguas de Brunete, y es también un pozo sin fondo de anécdotas, vivencias, roces a escondidas, malos y buenos momentos, rollos insospechados entre la prima de aquel y el vecino de aquella de los que todo el mundo habla al día siguiente, discusiones fogosas, cánticos regionales, abrazos, risas y algún que otro llanto entre vómitos desangelados. Son días locos.

Antaño, cuando las responsabilidades eran menos y el tiempo más amplio, uno pasaba veinticuatro horas metido en el local intercalando paseos por las calles, los puestos y las atracciones, haciendo visitas a las peñas con buena música mientras les quedara hielo y robando botellas llenas de las peñas antagónicas. Cosas de pueblo. Dormías en los sillones, comías en las barbacoas erigidas sobre el asfalto de las calles cortadas, probabas suerte con la escopeta de corchos que nunca daba en la diana y corrías la vaquilla como todo el mundo aunque no te gustara hacerlo. No se volvía a casa salvo para dejar los peluches ganados, cambiarse de ropa y darse una ducha, y a veces ni siquiera eso. Las fiestas no paraban.

Hoy, cuando turnos rotativos agotan tu cuerpo, te hacen perder diez kilos por mes, el alma y la resistencia ya no están para tales trotes y tienes la cabeza ocupada en matrículas, planes de futuro, citas con el dentista y el dinero que te queda en la cuenta (a la que, dicho sea de paso, tienes que acceder desde cibercafés porque ya no se llevan las sucursales físicas), las fiestas son menos fiestas y las responsabilidades más responsabilidades.

Pero siguen teniendo algo especial estos días. Son días para desconectar, pasarlo bien, hablar con todo el mundo, olvidarte de todo lo olvidable, conocer gente nueva quizá interesante y beber sin parar mientras te ríes tanto como puedas. Desde aquí, este mi blog, baluarte de toda la buena voluntad del mundo y cuna de tanto buen rollo como soy capaz, aprovecho estos días especiales para invitar a todos mis lectores, buenos y malos, hombres y mujeres, guapos y feos, amigos y enemigos, altos y bajitos, cultos e incultos, locos y cuerdos, caballos, sardinas y truchas, a pasarse por este mi pueblo, Brunete (ciudad de los rascacielos) y agenciarse una copa gratis o una cerveza de barril que yo mismo serviré. Mi peña es la peña Los Lolailos -basta con preguntar “hoyga, ¿los lolailos?” para que le indiquen dónde está porque todo el mundo la conoce- y pueden venir a cualquier hora del día y de la noche. Las puertas de mi gente siempre están abiertas. Podrán, así, tener el privilegio de estrecharme la mano, mirarme a los ojos sabiendo todos quienes somos y si me caen bien quizá les presente a alguna amiga o a algún posible marido en edad de merecer. Hay días para compartir de lo bueno que uno tiene. Ahora son esos días. Aprovéchenlos porque no siempre estoy de buen humor, ni soy tan generoso. Defectos que uno tiene.

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