Buenos chicos

Su hermano trajo las bolsas y las llenaron de pelos secos y suciedad varia. No eran hermanos, pero como si lo fueran. Se parecían incluso un poco en los rasgos, ambos morenos y altos, y mucho en los gestos, con ademanes similares y expresiones parecidas. Como si lo fueran, sí.

La persona que les había criado, a la que los chicos llamaban sencillamente «abuela», todavía recordaba aquella vez en la que había descuartizado al perro de los vecinos. En aquellos andurriales del pueblo no había vallas ni límites, ni siquiera mojones, y el margen borroso de los campos de uno se enfrentaba al difuminado empezar del terreno del otro, sin más, y los perros no entendían de posibles fronteras y cruzaban las tierras de aquí para allá mendigueando mendrugos de pan y acaso obsesionándose con alguna liebre. Aquel perro de los Pachecho se merecía todo lo que pudiera pasarle, famélico y vulgar cesta de pulgas y garrapatas que les podía haber contagiado sabe Dios qué enfermedades, y sus chicos no habían hecho nada malo al matarlo.

Quizá se habían excedido un poco en la forma, tan lenta. Pero no era nada grave. Y quizá después de muerto, con toda aquella sangre manchando las cosas, lo que habían hecho era un poco exagerado. Bueno, pero eran sólo chicos. Todos los chicos jugaban. Y era sólo un perro muerto de hambre.

No eran mala gente. Y se parecían tanto, eran tan buenos. Su abuela no podía entrever que eran ruinas de lo que habría sido un ser humano. No lo veía, no podía. Ahora, por ejemplo, mientras entre uno y otro se molestaban en llenar las bolsas, afanándose en recoger los restos de pelo ensangrentado y restos de vísceras, su abuela pensó que en el fondo no eran malos chicos aunque la hubieran asesinado así y sus propias vísceras se desparramaran por el suelo, mientras sentía cómo perdía lentamente la consciencia al desangrarse. Son buenos chicos, pensó, mientras les veía recoger a puñados los restos de lo que había sido su cuerpo, el de su abuela, en bolsas de plástico de Mercadona.

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