Campo de cultivo

Tras los atentados en París de ayer, no está de más recordar hoy el daño del pensamiento religioso en nuestras sociedades modernas, a varios niveles. Recomiendo encarecidamente el ensayo de Sam Harris «El fin de la fe»; especialmente inquietante el capítulo dedicado al islam. En general, y como señalara Hitchens, «Dios no es bueno». Es decir, las religiones son una lacra.

Ante la idea de que los de ayer son «extremistas» y no son como los creyentes «moderados», hay que darle un par de vueltas a qué es lo que habilita los extremos, si pueden los fundamentalistas existir sin una base de «moderación» aceptada socialmente, contestar a la pregunta de cuál es el campo de cultivo para el extremismo religioso, que desde luego no es una sociedad laica, y considerar que son las creencias religiosas «moderadas» las que facilitan la infiltración de la irracionalidad religiosa en nuestras estructuras sociales, habilitando la aparición de radicalismos y todo tipo de atrocidades en nombre de la religión.

Y a quien piense que creer en seres sobrenaturales que regalan paraísos si haces lo que ellos quieren no es una puerta abierta a la locura, quizá haya llegado el momento de preguntarle si para evitar este tipo de tragedias es mejor movilizar al ejército o secularizar sociedades.

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