Carreteras, decisiones y de pronto un dragón

Senderos. A veces nos llevan a lugares insospechados, a personas desconocidas y a paisajes que no pretendíamos ver aunque estaban allí, esperándonos. Si algo no me gusta de los viajes organizados es precisamente no poder improvisar. La vida no puede planearse. Y en ocasiones, cuando menos se planea, es cuando encontramos lo que no estamos buscando.

He regresado a Madrid. No estaré mucho tiempo, pero debía hacerlo. Empezaba a incordiar en una casa conocida pero extraña y a sentirme un extranjero en un lugar amigo aunque lejano. Uso la palabra deber con toda la fuerza que implica su significado kantiano, pero la responsabilidad se inscribe también en el marco de otros senderos. Cada vez que interaccionamos con otro ser humano generamos lazos: un beso es un contrato vinculante. Las caricias con la luz apagada son una cadena irrompible de conciencia responsable; al día siguiente, cuando ya te has ido. Responsabilidad. La responsabilidad por tus actos y por los lazos forjados supone la necesidad de tomar decisiones.

No siempre es sencillo tomar una determinación. No lo es cuando tu prima, la misma que te presentó al último lazo, te repite que tienes que llamarla, que no puedes irte a Madrid sin más. Que tienes una responsabilidad para con ella. Y quieres llamar porque lo pasaste bien la noche anterior y sin embargo ya has decidido volver a Madrid y no quieres decírselo. Que te vas.

Y es peor cuando llamas. Porque te gusta. Porque debes volver a Madrid pero ha existido una noche. Porque no sabes cómo decírselo. Y cuando responde y oyes su voz se te viene el mundo abajo y la decisión de irte deja de estar tan clara y en lugar de decir: “mañana vuelvo a Madrid” la responsabilidad te puede y tratando de arreglar lo que tú mismo has roto, pensando en ella, le dices “me gustaste mucho anoche” sin darte cuenta de que lo estás estropeando todavía más porque su reacción no es un sencillo “gracias” que la haga sentir bien y calme tu conciencia. Su respuesta es un palo a tu sentido del deber: “¿por qué no te vienes a casa y vemos una peli?”. La noche anterior teníamos una de militronchos yanquis de fondo mientras nos mordíamos el uno al otro en el salón. Y se te quiebra la voz. Y ya no hay forma de decirle que te tienes que ir a Madrid porque te está pidiendo a gritos silenciados que te quedes. Pero lo haces. Decírselo, irte.

Y en el coche, en mitad de la autopista, cuando ya no hay marcha atrás, te gritas a ti mismo en tu cabeza que eres un hijo de puta. Tratas de justificar no haberla vuelto a ver después de compartir su cama con un se lo dije. Antes siquiera de conocer su casa, se lo avisaste en el primer beso: “No, no. Mañana me voy a Madrid”. Fue ella la que contestó “¿Y qué?”, pero aún así… Responsabilidad. Lazos. Y aceleras el coche porque te alejas de ella y lo que más quieres es volver a abrazarla. Porque te gustó mucho. Porque no la estabas buscando pero te esperaba allí, y lo cambió todo.

Senderos. Responsabilidades. Determinaciones. Y ahora que estás en Madrid no sabes por qué has vuelto ni qué haces aquí, ni de qué te sirve el calor de esta ciudad si la otra noche, desnudos bajo las sábanas, tenías todo el calor que un ser humano puede necesitar. Decisiones. De esas que no puedes evitar pero no por inevitables dejan de plasmar un regusto amargo en el paladar, como la sensación de culpabilidad. Lazos. De esos que tienes que romper, aunque te cueste. Besos, caricias y palabras tiernas. De esas que te llenan el alma cuando buscas su cuerpo entre gemidos y te lastran cuando ya te has ido. De pronto un dragón y luego nada: fuego cada vez más frío en el espejo retrovisor.

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