Categoría: C’est la vie

En las frías noches del invierno ruso Anna y Elena tenían el mismo sueño. Era el sueño de muchas, pero ambas sabían que quizá, para ellas, algún día, sería posible. Las dos eran bailarinas de ballet y habían pasado su infancia y adolescencia en eternas clases imaginando que bailaban en el teatro Mikhailovsky de San Petersbugo -o quizá en el Bolshoi moscovita- como sólo los más grandes del mundo lo habían hecho alguna vez.

En las noches oscuras y en las claras. En los mundos ignotos y resueltos. En las notas perdidas y encontradas.

Estaba él.

En mitad de ninguna parte, en algún punto entre Gandía y su playa, está Los Caracoles. Es el lugar donde escapar cuando hay que huir, el rincón desde el que desconectar -de una vez por todas y para siempre- alejado del mundanal ruido. Es también motor de vida y de viejos conocidos, de cervezas y rayas, de conversaciones que recuerdas años después, de alguna chica que prefieres olvidar, de algún local al que siempre vuelves. De alguna historia que contar.

Veo a decenas de personas al día buscando trabajo. Muchas de ellas añaden un “lo necesito” y en ocasiones cuentan sus penas, su situación, su “necesidad” del trabajo. Y quieres dárselo, pero no te conmueven. De algún modo, dan pena adrede; pretenden hacerte sentir lástima, convencerte, hacer que quieras ayudarlos.

Mentir como un descosido en una entrevista de trabajo. “Este currículum podría ser mentira…“; “Un currículum es sólo un papel“. Escuchar a Frank T en mi mente recitar “Yo soy yo por quién soy yo, no por papeles“. Practicar los pasos del chachachá esperando al metro

En las embajadas de las emociones pocas veces hay tiempo para la tregua. Quiero decir, es como un reducto en un país ajeno. Una pequeña aldea gala rodeada del corazón de otra persona. No me explico bien.

En el agitado pesar y gozo de mis dudas y certezas, donde nada está claro y en ocasiones cristalino, quizá la única guía -la única brújula- que pueda ser firme indicación del sendero a seguir, de un norte que conduzca a una vida mejor, a una felicidad mejor, sea el respeto a uno mismo. A lo que uno es, o a lo que uno podría llegar a ser. Porque somos de colores. Y en ese campo, en el de respetarse, cosas maravillosas comienzan a suceder. Por todas partes.

Tiene miedo de reconocer aquello que pudiera hacerla daño, así que tiene a protegerse de reconocer nada inventando mentiras que la cubren. Y la cubren, sí, pero hasta cierto punto. Porque aquello que podría hacerla daño, en caso de reconocerlo, es precisamente haber mentido. Y si miente para encubrir las mentiras primeras, lo único que hace es aumentar la posibilidad de llegar a hacerse daño, mucho en el futuro, cuando deba reconocer que ha mentido; no sólo ha primera instancia, ya, sino mentido sobre las mentiras para cubrir las mentiras.

El juez ignoró su llanto antes del anochecer. El juez era yo. Su juez. Y estaba harto de sus lágrimas de cocodrilo. No me entiendan mal, la quería un montón. De un modo despectivo y casi indiferente, la quería un montón. Pero he visto ciertos trucos antes. E incluso aunque no fuera un truco, no deja de ser annoying saber que hay otras que sí lo hacen. Llorar, poner cara de pena.