Categoría: Vesania

El último chute fue el mejor de todos. Su hada madrina se lo había concedido. O quizá había sido un billete de veinte. Pero lo estaba disfrutando. En su viaje, en el interior de la maleta donde todo estaba oscuro y al mismo tiempo todo estaba iluminado, era feliz.

Te escucho difuminado en la penumbra
como una nota mal vertida.
Te veo estruendoso en el perfil de la noche,
agazapado en el sentir del sueño.

Una sombra agazapada y carcomida
ha muerto en las faldas de mi muerte
y muerta ha matado lo que vivo quedara
rebotando en los rincones desgastados
de esta mansión terrible y desolada
que es la cabeza donde muero.

Hoy lo has sentido en los ojos, casi saliendo. Como si pudieras sacarlo con otra lágrima, casi. Como si pudieras arrancártelo sacándote los ojos. Sacarte los ojos a ti misma quizá con un cuchillo. Y vas a la cocina. Lo notas, está dentro de ti.

Ayer me encontré a tu madre en la cola del supermercado. Putrefacta, desangelada, estéril. Como la ironía como el desatino como todos los desfases y los cantos de los pájaros al alba, cuando se muere la noche siendo la oscuridad vida y los resplandores furia, ataraxia, desenfreno y muerte.

Carolina tenía muy claro que sus personajes mentían más que hablaban. Más exactamente, sus personajes tenían una perspectiva del mundo muy distinta a la suya. Lo percibían todo… desde su personalidad.

Las personas cambiamos. A mejor o a peor, cambiamos. Dando bandazos, tal vez, perdidos sin rumbo o con una meta clara, cambiamos. ¿No creéis? ¿No os parece que vuestra vida no es la misma que hace unos años? ¿Pensáis acaso que vuestra personalidad y vuestro mundo son algo estático? Pues no lo es. Cambiáis. Cambiamos.

A veces he confundido palabras entreabiertas
que en candores de invierno refugiadas fallecían
y al albor de la mañana renacían poderosas
amaneciendo al canto de la noche que se apaga.