Categoría: Vesania

En lomas de sangre amanece el lobo
y ocupa su lugar entre otras fieras
amenazando dientes cual tijeras
y soplando ante tu pared de adobo.

En la noche todo y nada.
Nada y todo,
poseído de un fuego siempre errante
que vaga por los campos de tu ausencia
y se nutre en las raíces
de la noche.

Acosado eres espectro y sombra y nada,
donde en la noche huyendo fugitivo
fuiste rastro de ave,
lobo de caliente sangre,
mano temblorosa sobre un brazo
de ajena cortesía y alma rota.

Tu recuerdo,
que perenne sobrevive y ya no es
salvo en mi memoria
salvo en mi pasado
salvo en lo que ha muerto.

Difuminados, dispersos, se presentaban ante él vestidos con ropas desconocidas, como de historias de Bulo. Algunos le miraban fijamente. Otros alzaban una mano casi implorante hacia él. No, no imploraban: invitaban. Como si dijeran “ven con nosotros”, “sé parte de nosotros”.

Avanzó al interior de la casa. Dinamita, podía volarla con dinamita. Pero no lo haría. Era su casa. Aunque la odiara, era su casa. Y era curioso que se sintiera más seguro fuera de ella que en el interior. Joder, era su casa y se sentía obligado a llevar un escudo de emociones cada vez que cruzaba el umbral. La culpa la tenía ella, la murciélago que vivía de noche y dormía de día: su hija. Tenía 15 años y era una hija de puta.

Una línea muy fina divide el bien del mal. Habría que empezar, por cierto, a definir qué es el bien, y qué el mal. Habría que empezar por trazar una línea, si es que pudiera trazarse una. Conceptos tan vagos como la maldad y la bondad cambian no sólo de persona en persona si no también, y por supuesto, de cultura en cultura, de época en época, e incluso de situación en situación. Que tú hoy piensas que esto es malo y tú en Egipto hace dos mil años hubieras pensado que es bueno.

Ir a la guerra desarmados no tiene mucho sentido. Presentarse así, en la batalla, sin nada que ofrecer, sin nada que dar, sin nada con lo que dar. Pues no. Hay que buscarse una buena espada. Una de esas de ancho mandoble que abra las cabezas como si fuera fruta. Y acaso un escudo. Uno fuerte y grande que pare todas las estocadas y evite que ningún daño nos alcance.