Cianuro en una botella

Pues resulta que el año pasado, en 1808, estaba yo por aquí con la parienta, que tenía el guapo subido, ya sabes cómo son las mujeres con esto de los estrógenos, y le da por decir que ni guerra de guerrillas ni hostias, que para echar a los franceses no hay como liarse con Pepe Botella, el hermanito rey, y colarle cianuro en la copa de vino.

Le digo: no digas paridas, a Don José Bonaparte no se le acerca nadie así como así, tendrá catadores y todo.

Pero cómo van a catar a sus amantes, me contesto Marianela, ¿me van a probar entera antes de liarme con él? No, no, esto es fácil: le seduzco, me voy con él a su alcoba, saco el veneno y… que haga testamento.

– Pero a ver -le dije a Marianela-, corazón, alma de cántaro, ¿de dónde sacarías el veneno?

Me respondió:

-De la tienda de venenos, claro.

-No, no -insistí-, que dónde lo escondes mientras estás en su alcoba.

– Ay, cielo, qué tonto eres -me reprochó-, hay sitios. Muchos sitios.

No quise preguntarle exactamente dónde y cómo pretendía esconderse el cianuro. Hay cosas que es mejor no saber, ni imaginar. Especialmente en tu mujer, que conoces bien los escondites.

– Bueno, Marialena -continué-, allá tú. Si nos libras de los franceses, prometo hacerte una estatua. Adelante con tus encantos.

No sé qué pasó después. Sé que Napoleón, el mismísimo, hablaba poco después de que la guerra de España le volvió loco. Sé que Marianela desapareció. Sé que hay un cuadro de Goya donde sale, al lado de José Bonaparte, un mujer muy parecida a mi mujer.

Y no me extrañaría nada. Que se hubiera vuelto loco, que le diera más a la botella, que perdiera la guerra. Con Marianela y sus escondites corporales cerca, cualquier cosa es posible.

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