Cinco minutos con Palmareira

Tiene el pelo rizado, el corazón enredado y la vista perdida en sus sueños. Se apoya en uno de los TPV de la gasolinera como si fuera el único bastión entre ella y el suelo. Está cansada y duerme despierta. Está pensando en sus guerras, creo, o quizá vuela entre nubes de nada en absoluto alzada por palas rotativas de turnos enrejados que no quiere cumplir. Pero está aquí aunque sus ojos se claven en algún punto de fuga imaginario y sus neuronas vaguen difusas luchando en batallas todavía no resueltas de las que yo no sé nada.

-No -le digo en voz alta.

He roto su desconocido navegar de reflexiones y me dedica cauta sus pupilas entre extrañada y risueña sin comprender a cuenta de qué remota historia le ha sido formulado a destiempo un flamante imperativo categórico. Observa rauda los indicadores luminosos del TPV sin encontrar anomalías y sobrevuela la pista de una punta a otra buscando inconsistencias antes de regresar al “no” sin sentido y a mis locuras de corte intempestivo con una interrogación dudosa en la mirada.

-A lo que estás pensando -explico-: no.

Hemos jugado antes sin tablero y aunque lucha decidida por instinto con una seguridad pasmosa de empedernida ludópata sé que es rápida para mover ficha pero endeble sosteniendo después sus decisiones celéricas. Avanza con presteza cuando por flaquezas del ego mueve sus caballos buscando un jaque que refuerce su corazón en lucha, quizá cansada de la guerra que la ocupa, y sólo cuando tiene ya al rojo vivo una torre directa en línea para el jaque o advierte el movimiento disimulado de un alfil trazando conexiones verticales es cuando protege insegura su rey. La última vez que jugué con ella enrocó apelando a una torre con la que a veces se quema fuera de las fronteras de la estación en la que ambos curramos, la misma torre que quizá ocupaba hace diez segundos su mirada vagabunda entre telas de araña de rincones en ninguna parte.

-No puedes saber lo que estoy pensando -responde.

Afirma tajante con tono de suficiencia pero algo en el lenguaje corporal de sus ojos levemente entrecerrados indica que quiere creer lo contrario. Desea tal vez mostrarle al mundo las privadas ideas que ocupan su cabeza y narrar a un amigo los lamentos sin llanto de alguna guerra desconocida que quizá vaya perdiendo y la preocupe en silencio. Tiene el pelo rizado, el corazón enredado y un fuego latente en las palabras de íntimas batallas que no puede contar a nadie y que tal vez desde el inconsciente le anima a desear poseer un cristalino cráneo de diamante transparente que revelase sus ideas para otros y permitiera que mis ojos pudieran contemplar lo que se oculta en sus miradas perdidas.

-Sí lo sé -replico-. Y la respuesta a lo que estás pensando es: no. Sería demasiado complicado.

Frunce ligeramente el ceño sin entender mi locura o confundida quizá porque mis palabras encajan a la perfección con el maltrecho flujo de sus pensamientos velados y haya sentido durante un instante la magnitud de lo mágico. Yo no sé luchar sin trampas y ella quiere creer en todo lo maravilloso que pueda acontecerle. Lo que no sabe es lo poco que me importan sus guerras ajenas y que sólo levemente, como quien juega por vicio, me importan las batallas que pueda librar conmigo.

-Sería demasiado complicado -repito-. Siendo compañeros y eso… No. Deja de darle vueltas. No eres chica para mí.

Advierte ya que estoy hablando de nuestro tablero ignífugo y que se está haciendo explícito, con meridiana claridad, de qué clase de combate me estoy desprendiendo. Ante una definición tan brusca y certera de la situación de las figuras sobre los escaques sólo pueden sobrevenir dos estrategias a modo de respuesta por su parte: la renuncia sosegada al juego bien por falta de interés en la meta bien por asunción de un rechazo plasmado en una negación que no ha pedido, o la participación activa en un combate para el que acabo de establecer deliberadamente un contexto y un tanteo de partido en los que ella empieza perdiendo y debe remontar el encuentro si desea ganar. Un rechazo no solicitado supone el fin del juego o el establecimiento de un marco con los papeles de atacante y defensor intercambiados y claramente establecidos. Los que mucho saben de ajedrez denominan reframe a los movimientos que distribuyen el tablero de modo que sea tu rey el perseguido y no a la inversa, lo que implica temporal ventaja porque no eres tú quien ha de avanzar. Ella no ha soñado con ganar esta partida improvisada pero tampoco le gusta perder ninguna guerra porque quizá no se lo permita su frágil ego en liza. No la queda, como diría aquél, sino batirse o abandonar.

-¿Por qué no? -pregunta.

Acaba de aceptar el marco impuesto aunque varada por la celeridad del juego no se haya dado cuenta de haberlo hecho. Se siente absurdamente descalificada de la competición cuando todavía no ha empezado apenas la partida y algún pedazo incrustado de inseguridad interna la obliga imperativo a demostrar que puede ser válida si quisiera serlo. No está revelando nada que implique querencias o deseos, pero juega sin saberlo a cambiar el “no” que no ha pedido por una respuesta distinta haciendo así el trabajo por mi.

-Es complicado -vuelvo a decir-. Además no ganas suficiente pasta y yo soy un hombre objeto. Estoy buscando una mujer rica que me mantenga.

La frase de lata es perfecta en sí misma al insistir en la construcción de un tablero en el que es ella la que debe demostrar valía y añade además unas gotas de humor que permiten engrasar el río de proposiciones de sentido desposeyéndolas de toda gravedad y restando seriedad a una guerra que en el fondo a ambos nos da igual ganar o perder. Ella es la más atractiva de entre las 17 personas que cubren los dos márgenes y yo soy de los pocos que curro siempre que me apetece de cuantos aquí trabajan: ambos jugamos mucho con quienes nos llaman cuando el cielo es claro y el sol brilla luminoso.

-Anda ya. ¿Dónde ibas a encontrar a una mejor que yo?

Tiene el pelo rizado, el corazón enredado y adora sobremanera combatir con todo aquel contrincante con el que merezca la pena engancharse. La he visto jugar risueña con pasajeros clientes un día detrás de otro sin olvidarse nunca de sonreír antes de despedirles y verles desaparecer de nuestras fronteras con el alma tostada de quienes acaban de jugar cuando no lo esperaban a través de un TPV que cobra dinero y genera tantos beneficios como fugaces estados de ánimo en trozos de papel.

-No sé yo, no sé yo -contesto-. Seguro que ni siquiera sabes cocinar…

Cocinar puede ser una habilidad errónea indigna de ser exigida porque a veces es interpretada como un insulto a una feminidad mal entendida y su lugar puede ocuparlo cualquier otro baremo de aceptación al tún-tún: lo importante es establecer un listón al que deba medirse. Cuando el premio no es ella sino que por un giro en el trato eres tú la presa sucede un intercambio de roles de carácter a veces perenne en el que ella ha de demostrar valor como ser humano y situarse a la altura de quien la pone a prueba: cuando se persigue se adjudica valor a la presa sin obtener nada a cambio y sólo al cambiar el marco y diseñar un tablero en el que el cazador no eres tú es cuando la valía te pertenece desde el principio y es ella la que debe cumplir tus requisitos si desea que la permitas acercarse a ti. El cambio en la corriente del río del juego es tan sutil que a veces resulta complicado hacerlo sin parecer un creído prepotente o descalificar con comentarios demasiado crudos al otro bando de un combate sin armas.

-Claro que sé -dice reafirmándose rotunda en su marco sin darse cuenta-. Si muchas veces en casa hago la comida yo.

Creo que vive con sus padres y vuela todavía ingenua por la rueda económica del sistema aunque hace poco haya entrevisto su crudeza al querer comprarse un coche. No tiene trabas de agobio ni nudos que la retengan en ninguna parte salvo en aquellos lares donde desea ser retenida y se pasea por los intrincados caminos de la vida con la seguridad de quien no ha tropezado demasiadas veces y sabe lo que quiere aunque ella, intuyo, no sabe lo que quiere. Aparte de ser feliz, claro, como todos.

-Te creo -respondo-. A mí no se me da nada bien. De hecho me alimento a base de latas y comiendo fuera. Si te presto mi cocina me podías hacer algo un día a ver si es verdad que sabes.

Van con ella los arranques de ilusión cuando la suena el móvil, los arrebatos de furia con los indeseables que nos llegan, la tristeza plasmada en el timbre de la voz cuando le cuentan algo que la apena y los nervios del estrés cuando se llenan las cajas y gritan los pilotos: apenas nos conocemos pero desde el primer día mostró con viva libertad sus emociones plasmando lo que sentía con la intensidad que caracteriza a quienes están seguros de sí mismos y a quienes no pueden evitar exponerlas; tiene el mismo fallo que yo jugando a juegos de guerra y esa debilidad es la que me permite saber que cuando mueve sus fichas conmigo lo hace sin arrastrar en el paso ningún tipo de bagaje emocional ni de mera obtención de metas: sólo juega por instinto, por diversión y por ego.

-Vale -dice-. A ver si coincidimos los dos sin mañana de turno.

Si no otra cosa, será una amiga. Valoras más lo que logras cuando juegas tanto por sistema cada vez que tienes ganas que las luchas perdidas convertidas en nada dejan de generar egos dolidos porque salgan bien o salgan mal pueden producir compañía interesante como la de mi compañera al otro lado del punto de cobro en la gasolinera a la que voy a conocer mejor en un sentido u otro. Tiene el pelo rizado, el corazón enredado, la mirada segura y una sonrisa en los labios.

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