Colores borrosos

Colores borrosos y acaso un corazón palpitando en el horizonte de mi cocina. Se me ha derramado la cerveza. Sólo un poco, lo suficiente para empapar las páginas del periódico, y mi cabeza. Ahora empiezan a mezclarse las lágrimas con la cerveza. Me pasa a veces, lo de llorar. Más desde que te fuiste. Más desde que no sé quién soy, ni por qué pasó, ni por qué se arruinó todo, por qué ya no estamos juntos. Por qué me dejaste. Lloro más, mucho más, que antes.

Y eso en los días buenos. En los días buenos, lloro. Porque en los malos sencillamente no siento. No siento nada. Nada de nada. Y me muevo como adormilada, como un robot, como un autómata en el juego de la vida, sin vincularme con nada, sin empatizar con nadie, sufriendo continuamente, repleta de dolor interno, paso a paso, día a día, sobreviviendo porque sí.

Sin más, porque sí, porque debo hacerlo. Sin nadie que me quiera, sin nadie a quien poder abrazar, sin ti, me muevo por el mundo como si todo fuera el ayer, añorando lo que pudo haber sido y nunca será ya, sin saber por qué te fuiste, qué hice mal, qué falló. Y debería haberlo superado ya, lo sé. Quizá un año o dos debiera haber sido suficiente. Como lo encajé mal, y lo llevé peor, a lo mejor tres años. Tres años para olvidarte. Pero voy para cinco años ya desde que rompimos y no levanto cabeza. No hay solución.
No volveré a ser feliz jamás, sin ti. Así que la única salida es esta, y el calor amargo de la cerveza y el alcohol del vino me han dado el valor para hacerlo. Una cuchilla, la bañera llena de agua, mi muñeca, no funcionaron la otra vez. Esta vez, la ventana de mi séptimo piso es el fin total del dolor, del odiarte, de mi anestesia de sentimientos. Saltar. Y es un adiós, esta vez de verdad.

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