Colores e intervalos

No somos lo que parecemos ser, aunque lo seamos. Ésa es una afirmación tajante en su grado máximo, y prepotente donde las haya. Somos múltiples personas, y no hace falta ser psicólogo ni para percibirlo, ni para exhibirlo. Si se tratara tan sólo de las diversas fachadas, pieles y personas en las que nos enfundamos, podríamos hablar de una matriz más profunda que nos definiera en esencia.

Pero no hay ninguna esencia. Ya nadie hoy habla del self en un sentido único, primario, indivisible. Hay tantos yoes como estrellas. Somos de colores. Una fuente que no puedo citar decía que no se trata de ser “tú mismo” sino de ser “tu mejor yo”. Porque todos tenemos un punto, un rasgo, una micra de todos los yoes que podemos llegar a ser, hayamos sido o seamos. E incluso de los yoes que nunca seremos ni podríamos ser hasta que lo extraño ocurre. Esa misma fuente mentaba el caso de un antiguo compañero de facultad al que definía como carente de toda habilidad social, gordo, tímido, físicamente poco agraciado, marginal, fracasado. Apuntaba que aquél no tenía prácticamente amigos en la universidad por su carácter apagado pero que un día, jugando a un juego de rol, descubrió a su compañero de una forma nueva que no había visto antes: estaba animado, hablaba sin parar, hacía chascarrillos, desprendía carisma, se emocionaba y contagiaba emoción. “Si este tío hubiera sido siempre así en la facultad”, decía, “habría sido el amo”.

Somos de colores. Y todo contexto nos define: quiénes nos rodean, con quién tratamos. Es interacción simbólica, sí, pero no sólo. Es también dónde estamos, en qué situación. Y, más exactamente, desde qué punto partimos, dónde nos encontramos. Valga como ejemplo una conversación de un cancelado programa de televisión llamado Crónicas Marcianas en la que uno de los colaboradores del espacio sacó a relucir la historia de un crimen, o de un suceso llamativo, sobre una pareja formada por un cirujano plástico y una mujer. Contaba que ella se había sometido a una multitud de operaciones para convertirse en la mujer perfecta, y enseñaba una foto de la chica. Era una mujer muy fea. Al ver la foto, Javier Sardá sólo pudo comentar: “Pero esto… o él es muy mal cirujano, o la base era realmente mala”.

De qué punto partimos. Por usar una frase trillada, de dónde venimos. Porque somos muchos yoes y somos de colores y eso está muy bien, pero hasta qué punto de la escala cromática podemos llegar. Y hasta dónde podemos caer. Hace muchas primaveras, tras una noche de fiesta en Puerto Banús, hasta arriba de alcohol y de todo, mareado no por las sustancias sino por los giros de mi propia vida, vomitando en una taza de water de una habitación de hotel, le dije a Borja: “amigo, he tocado fondo”. Al día siguiente se echaron los colegas unas risas a mi costa cuando Borja contaba: “…y el Adrián vomitando en el baño y diciendo he tocado fondo”. Al día siguiente a mí también me pareció divertido. Hoy pienso: ojalá.

Me temo que nadie explora jamás en el transcurso de su vida todas las formas de hundirse. Ni de acariciar el cenit. Porque hay tantas como colores en nuestro corazón, tantas como contextos, tantas como corrientes en el puto río. Lo difícil, creo, es encontrar el sitio. Uno en el que la mejor parte de ti, o una de ellas, encaje con lo que te rodea, con quienes te rodean. Y ser en plenitud lo que no serías en otro lugar, con otra gente. Y permanecer allí, en ese espacio, tanto como desees, cuando a veces el problema es exactamente el contrario: cómo salir de ese espacio.

La misma fuente inmencionable que citaba unos párrafos más arriba hablaba también de bucles. Loops, en sus términos. Recorremos a diario senderos que conocemos de memoria, y que tal vez no nos gusten. Y encasillados, dormidos, encerrados, podemos llegar a sufrir en una dinámica imperturbable que no sabemos cambiar. Hay que romper el bucle, aseguraba. Lo primero es darse cuenta de que estás dentro de uno. Lo segundo, salir de él.

Creo que a veces escapar no es posible. Y no lo es en la medida en que, como decía, todo contexto nos define. Y a veces las situaciones nos son dadas, no son una elección. Así que en ocasiones lo mejor que puede hacerse es capear el temporal. Aguantar, sobrevivir hasta encontrar una forma de salir. Si algo he aprendido en clase de spinning es a resistir los ciclos de intensidad. Un buen monitor de actividades dirigidas genera intervalos donde se turnan y combinan la fuerza y la velocidad. Durante unos minutos fuerzas la máquina, los músculos, el oxígeno, hasta su grado máximo. Si lo das todo, has superado el intervalo.

Luego siempre hay unos minutos de recuperación, de descanso. Pero quienes están verdaderamente en forma recuperan en un descanso activo: un intervalo de intensidad menor, mas intervalo al cabo. Eso sólo puede hacerse si el motor muscular aguanta. Si el motor básico del que se parte, con el que se parte, es realmente bueno. Hace unos días, charlando con compañeros de curro, uno de ellos mencionó: “me quieren vender la moto, pero es un monopatín”. Le contesté: “vamos a tener que ponerle un motor al monopatín”. Me faltó añadir: uno de colores. Uno de colores, compañero. De esos que brillan.

Sé el primero en comentar

Deja una respuesta