Cómo dar tu primera clase de spinning fumando dos paquetes de Lucky al día

Llegas al gimnasio convencido de tu grandiosa capacidad para superar cualquier tipo de reto. Sí. Yo soy Dios y esas cosas. A ver si me dan caña. Venga, a quemar grasa. Polvorones y turrones fuera. Sin excusas. Ale-hop, vamos a hacer ejercicio del bueno que las Navidades se han cobrado su precio y las supermodelos ya no te miran como antes. Has leído una definición de Spin en Internet antes de aventurarte a ir y piensas: “lo de matahombres… será coña, ¿no? O sea, si me da un paro cardiaco tendrán servicio de urgencias, digo yo”. No quieres morir asfixiado pero aun así sabes que eres el puto amo y que les vas a doblar a todos, que la profesora, monitora o como se llame va a acabar pidiéndote un autógrafo por dar tanta caña a los pedales y que el dueño del gimnasio te va a demandar por fundirle la bici estática. Lo sabes, lo intuyes, eres el mejor.

No importa que no hayas hecho ejercicio en la última década, que fumes dos paquetes al día de cigarrillos rubios, que vayas en coche hasta a tirar la basura, te pases el día haciendo barra fija en los bares y no hayas dado en tu vida una clase de Spin, no importa nada porque cuando la profe-moni enfundada en un traje de buzo te pregunta si estás iniciado y haces ejercicio, le contestas:

-Pues claro, señorita, ¿por quién me toma? Mis amistades me conocen como el Amo del Spin. ¿Que si hago ejercicio? ¿No ve este cuerpo serrano? Por supuesto que lo hago, ¿qué se ha creído? ¿Quiere usted hundirme la moral? Señorita, preocúpese de sus pulsaciones que a mí por la calle más de una vez y más de dos y más de tres me han confundido con Indurain.

Lo dices por defecto profesional porque ya te brota el orgullo hasta en el gimnasio rodeado de hombres en mallas con músculos de coleccionista. Hombre ya. Y empiezas la clase pensando: ya verás, esto lo hago yo sin cansarme. Venga, vamos. Y empiezas a pedalear. Y no es para tanto, aunque empieces a sudar.

Pero sigues pedaleando. Y sigues. Y sigues. Y sigues y la profe-moni te obliga a poner posturas raras y a subir y bajar la resistencia de los pedales y sigues pedaleando y como has sido tan listo de ir vestido como un profesional del deporte, con pantalones largos y camiseta de manga larga y no te has puesto el jersey de cuello vuelto pues porque se te ha encendido la bombilla de que a lo mejor haciendo ejercicio pasas calor y esas cosas, al rato te pesa más la ropa que los músculos. Y sigues pedaleando.

Y llega un momento en que no puedes con tu alma y te queman músculos que no sabías que tenías y empiezas a tener sed pero no has llevado botella de agua porque no sabías que ibas a tener sed y se te cae la baba viendo beber al de tu derecha y a la pro-mo y a todo el mundo menos tú, que te estás deshidratando y ves cercano el momento de tu muerte final y ya no puedes dar una sola pedalada más y ves pasar toda tu vida en un segundo delante de tus ojos al borde del colapso y definitivamente te quedan pocos segundos de vida y entonces te da por gritar:

-¡¡¡Un poco de calma señorita!!! Por favor, que yo aparezco en el diccionario como Amo del Spin pero es que ahora no me apetece, estoy un poco desganado, ¿sabe?

Y sigues pedaleando. Y te quema algo muy chungo desde la punta de los pies hasta los glúteos y miras el reloj y queda media hora de clase todavía y la chica de la bici de atrás no hace más que gritar oh yeas y come ons al ritmo de la música y piensas qué has hecho tú para merecer esto, con lo buena persona que eres y lo mucho que quieres a tus semejantes, pero la pro-mo sigue dando caña y cada vez más caña y luego dice algo así como venga, ¡ahora escalada!, y pones la resistencia al máximo y algo empieza a hacerte clack, cronch, clack no en la bici sino en la rodilla y en toda la pierna y es cuando gritas aquello de:

-¡¡¡Señorita, pare!!! ¡¡¡Pare, por amor de Dios, por lo que más quiera, por sus churumbeles, pare!!! Soy un gafapasta, ¡lo confieso! ¡Soy un ratón de biblioteca! ¡Lo mío son las matemáticas! ¡Pareeeeee!

Pero sigues pedaleando aunque te mueras por dentro, por fuera y al ritmo de la música y entonces empieza a sonar una versión chunda-chunda de Unfaithful de Rihanna, la misma canción que has estado practicando al piano esa tarde antes de vestirte de manga larga para ir al gimnasio y la pro-mo dice: esta es la última, vamos, y sigues pedaleando y piensas: esto tengo que superarlo yo aunque vaya en silla de ruedas el resto de mi dolorosa existencia.

Y termina la clase. Y estás hecho un asco, rendido, sin aire, deshidratado, empapado en sudor y no sientes las piernas que te tiemblan y casi no te tienen en pie, pero mientras los biciclistas profesionales recogen sus toallas y se piran la pro-mo se te acerca y te dice:

-¿Seguro que no haces nada de ejercicio?

-¡No, nada, lo confieso, y fumo, y como pizzas congeladas, y digo palabrotas, y una vez robé una camiseta de una tienda, y me gusta leer! ¡Lo siento, oh, Diosa biciclista del Spin, fumo muchoooo!

-Uf, pues entonces lo has hecho genial -responde-, normalmente en la primera clase se tiene que parar a descansar cada ocho minutos y tú has aguantado toda la hora -y te mira a los ojos y dice:-. Si no haces ejercicio y lo has hecho así la primera vez, en un mes vas a dar caña.

¡Que voy a dar caña, dice, la muy hija de la grandísima bici! Pero me ha tocado el regusto en el ego y al menos he quemado un mazapán y medio solomillo, así que le prometo volver. Tres veces a la semana. Si es que los que nacemos masocas, morimos masocas.

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