Como él a mí

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Yo el Camino de Santiago lo empecé al revés. Desde A Coruña hasta Madrid. Ni siquiera hice realmente el camino, fue sólo que me dejó mi chico y no tardé ni cinco minutos en hacer el petate y echar a andar. Total, tampoco tenía nada allí. Ni casa ni cosas ni perro que me ladrara. Literalmente ni perro, incluyendo en esa categoría a mi novio. O sea, mi exnovio.

Me recogió en una gasolinera una pareja en un Volvo con muchos botones y lucecitas. Les expliqué qué me ocurría y por qué iba a Madrid. Me dijeron que las penas de amor pasaban con el tiempo y que le olvidaría. Les dije que no quería olvidar, que Arturo ya estaba muerto. Añadí “para mí” por si se daban cuenta.

Pero no estaba muerto sólo para mí. Lo que no se puede hacer es decirle a tu novia, que lo ha dejado todo por ti, que no te ves junto a ella en unos años, que no quieres seguir, que no crees que tengáis futuro. Sencillamente no puedes. A mí no, vamos. Y menos cuando sabes que quiero casarme, que te he dado un ultimatum. Yo no bromeo con los ultimatums. Si me quieres dejar, me dejas del todo. Del todo. Y si hace falta ayudarte a dejarme, con un cuchillo en la garganta por ejemplo, pues se te ayuda.

Y ahora petate, camino y a Madrid. Y que me busquen. La pareja del Volvo me dio cinco euros cuando les dije que necesitaba zapatos nuevos. Creo que no vieron la sangre que manchaba el blanco de mis zapatillas que pisaban el suelo de su lujoso coche repleto de botones y lucecitas. Tampoco Arturo notó nada porque se lo clavé por la espalda, como él a mí al dejarme.

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