¿Cómo se lo digo?

Relato para el concurso de escritura creativa Ciervo Blanco

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No puede saberlo, seguro que no. No se lo imaginaría nunca. Él no, que tanto anima a su Atleti, que constantemente habla de mujeres, que le gustan los toros. No puede haberse dado cuenta. Si sólo se fijara en mí. Un poco, nada más. Si me mirara, a veces, como le miro yo. Si sintiera lo que siento yo cuando le tengo cerca. Si al mirar los planos el uno al lado del otro se frustrara impotente al arderle las mejillas y apelotonársele la sangre en el cerebro, como si se llenaran de impulso las venas de la cabeza y por primera vez latieran hambrientas de más cercanía. Si esa misma sangre intensa bajara por la garganta tiñendo el cuello de rojo escarlata, palpitando, y se entretuviera en el pecho unos instantes, como un masaje de rubor que acariciara la vergüenza, y se plantara en el estómago del arquitecto, como en el mío, con la resolución de la sed que no puede colmarse con agua. Si su entrepierna, repleta de vida propia, se moviera involuntaria al tenerme cerca, y notara él su miembro cada vez más duro por la misma sangre que latía segundos atrás arrebolada en la cabeza. Si él supiera mientras trabaja conmigo en la obra, si este lector del Marca que votó a Ciudadanos y es católico intransigente, entendiera. Pero, ¿cómo se lo digo, cómo le explico que estoy enamorado de él?

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