Como un cadáver a mi vera

El crimen más grave que cometí jamás sucedió en la calle, mientras una ligera brisa removía los cabellos salvajes de mis instintos más primarios. Era de día, en plena mañana, y no lo había planeado. Como si de unos cristales de arcilla se tratara, modelé al tiempo que los rompía los lazos que nos atarían de por vida, a aquello y a mí, hasta el fin de los días. Aunque luego el cristal se cayera y se rompiera, y la arcilla perdiera su forma, nos habíamos quedado, vaya por Dios, vinculados para siempre. No me jodas. No encontré la llave que me permitía abrir las esposas, separarnos, distanciarnos, hacernos dos a ti y a mí, así que decidí matarte. No fue una decisión en el sentido tradicional del término; no, no fue el resultado de una reflexión. Sencillamente, todo lo que nos acontecía me llevó a matarte, por dentro. A maltratarte, sin golpes. A mancillarte, hacerte daño, destrozarte, hundirte. Matarte. Ya que no te podía separar de mí, atados por esposas en las muñecas aferradas, me sentía como si me hubiera quedado atrapado en un ascensor con un señor gordo que olía mal. Y o le mataba, o le aguantaba para siempre. Decidí matarte. No me di cuenta de que, al matarte, multiplicaba el mal olor. Y eso no me separaba de ti. Al contrario, ahora arrastraba atado a mi muñeca a un cadáver de ti. Al cadáver de ti, todavía vinculado a mí. Joder, qué agobio. Si te había matado a hostias ya. Eras como recibir una herencia inusual: una con deudas. Muchas deudas, de las que no podía pagar. Y sin haberlo comido ni bebido, sin haberme dado cuenta, estabas a mi nombre, con papeles firmados y sellados ante notario, donde ponía que me pertenecías y que tú y yo, lo quisiera o no, teníamos que estar juntos para siempre. Tanto si te mataba como si no. Supongo que tenía que haber leído la letra pequeña antes de firmar que nos quisiéramos. Así que acudí a ver si podían separarme y allí, en un aserradero intentaron con sexo y mañas de emociones distanciarme de ti, pero no pudieron. Se les rompieron las sierras, las intenciones, las querencias y los láseres. Una, una vez, intentó cortar la cadena que nos unía a ti y a mí usando una radial, pero no hubo forma; se acabó haciendo daño a sí misma. Así que aquí estamos. Te arrastro como un cadáver a mi vera, alguien a quien maté hasta reducirla a la nada, un mero maniquí, y te llevo pesada colgando como a una mochila de la que no me puedo deshacer. Y, como si de una peli de Bogart se tratara, parece que un sastre te hubiera diseñado y pegado a mi espalda, como si viniéramos de otra época, ésa en la que a los hombres los cosían a mano.

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