Cristiano Ronaldo, de profesión asesino

Palya, palya. Ven, siéntate, he de contarte una historia. Palya. Es la historia de mi muerte.

Me alegra que hayas venido a esta mi humilde morada, el estadio Ekaterinburgo Arena en el que resido. No me pagarán alquiler por usarlo de vez en cuando, pero es mi casa y es yeppeun, muy bonita, como dicen los turistas de ojos como rayas. Yeppeun, dicen, y sonríen convirtiendo sus bocas en rayas como sus ojos.

Me caen bien los turistas y los habituales, aunque los habituales gritan de mala uva y dicen palabras feas. A mí me llaman yozhik, ericillo, que es lo que soy. No tengo nombre porque nadie me ha puesto uno, pero me cuidan. Siempre me dejan restos de bocadillos, palomitas, refrescos, tirados por ahí. Estoy seguro de que lo hacen adrede para alimentarme aunque no me conozcan ni me hayan visto, y tengo que ser rápido y recoger la comida antes de que lleguen los del uniforme azul claro y se lo lleven con sus cepillos gigantes. Lo meten en bolsas y se llevan mi comida. Pero siempre hay suficiente.

Resumiendo, soy bastante feliz. Incluso en el día en que morí.

Siempre me maravillaba esa cosa redonda a la que dan patadas los humanos. Los humanos son muy tontos pero grandes, y dan patadas a la cosa redonda con mucha fuerza. Este humano, en concreto, le pega más fuerte que los demás, parece que va a romperla. Los otros humanos le llaman Cristiano, gritan su nombre más que el de los demás; debe ser una estrella.

Así que, al menos, puedo decir que morí a manos de una estrella famosa. Puedo decir: Cristiano Ronaldo me mató de un pelotazo.

Porque, y esta es la historia de mi muerte, mientras paseaba tranquilamente por la grada buscando deliciosos perritos calientes, un pitido agudo hizo enfervecer al estadio. Penalty, lo llaman. Y el renombrado Cristiano se acercó a tirarlo.

Le pegó muy desviado, como mi muerte atestigua, y quedé espachurrado en la grada. Clamores.

Sé el primero en comentar

Deja una respuesta