De estaciones y pasajes

En ocasiones se siente tan flamante el calor sofocador de nuestras vidas que acaso en un instante de comprensión esperpéntica se diluye inmenso el frío acumulado de años de sufrimiento. Y a la inversa. Y es curioso que pueda trastocarse tan rápido el sentido de toda una existencia por un estado de ánimo fugaz o un suceso aislado.

El tren se mueve deprisa.

Los trenes se mueven deprisa. Y no hay tiempo para retener las estaciones pasadas ni preguntarse dos veces por cuál será la siguiente. En el momento en que te entretienes, lo pierdes. El tren, quiero decir. También el frío o el calor. Todas las experiencias acumuladas, que asumen otra luz según la iluminación concreta de la estación en que te encuentres, y cambian así la percepción de todo lo que te ha acontecido.

Una estación puede ser un misterioso mensaje recibido a destiempo. Puede ser una corbata mal anudada. Quién sabe, puede ser cualquier cosa, y de repente te bajas del tren en una estación que te hace sentirte bien, o mal, o alegre, o triste, o desesperado, o confortable. Y tu mundo cambia por completo, incluyendo lo que ha sido tu mundo hasta el momento.

Sea cual sea la estación, no merece la pena sufrir ni preocuparse, porque va a haber otra estación en un instante. Siempre es momento de descorchar una botella, y celebrar. Por fea y dolorosa que sea la estación. Y si no hay fuerzas ni ganas de vino ni champán por esa mierda de estación, espera un par de minutos, llegará otra. Pero no sufras, nunca.

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