Salvemos al monstruo

I: La luz de la habitación estaba encendida, pero yo sabía que no estaba allí

La luz de la habitación estaba encendida, pero yo sabía que no estaba allí. A veces, enfrascado en mi locura, me preguntaba si alguna vez lo había estado. Si Sofía, que me había querido, se había ido para siempre, mi cerebro no albergaba ningún motivo para creer que había existido en absoluto, como si el amplio abanico de recuerdos que me ataban a mi ex-novia todavía hoy fueran sólo una vaga excusa en mi cabeza para no cortarme las venas, como si mis neuronas procesaran el dolor y a continuación desearan morir y un arcano instinto de supervivencia en mis genes gritara: “¡pero aquella época fuiste feliz! ¡Si fuiste feliz con ella puedes volver a serlo!” Quizá el recuerdo de un recuerdo, y unas tertulias literarias los domingos por la tarde, me mantengan con vida. Malditos genes, todo sería mucho más sencillo tirándome de un noveno piso.

Soy Daniel Sierra. No me he presentado, lo hago ahora: a cambio de una copa te bailo la Macarena. Me estoy quedando calvo, empiezo a echar barriga y no sé dónde estoy, ni quién soy. Mi vida no siempre fue así. Hubo una época en que fui feliz. Hubo una época en la que Sofía me quería, y estaba aquí. Hubo una época en la que una luz encendida en una habitación vislumbrada tras una ventana significaba que ella estaba en casa, o en el hotel. Viajábamos mucho, cuando yo era comisario para el MACBA. Las exposiciones no se montan solas en Barcelona, los artistas no se entrevistan solos, hay que viajar.

Y hubo un atardecer, en uno de esos viajes, en que la conocí a ella. Sofía, se llamaba, y la habitación del hotel donde aquella noche nos quitamos la ropa se convirtió en el enclave para nuestra fecha de aniversario. Aquel hotel, aquella habitación, las visitaba hoy cada año echándola de menos, perdido, con una botella de vino y otra de champán antes de pasar a las bebidas fuertes, y pasar la noche sólo, en una habitación de hotel siempre vacía, donde sólo moraba el recuerdo de lo que pudo haber sido y no fue. Sofía nunca volvería a aquella habitación. Y sé que yo no debería volver, pero lo hago cada año en nuestro aniversario, como quien mantiene una vela encendida en memoria de un familiar fallecido. Quizá así fuera. Quizá, para mi duelo, Sofía estuviera muerta, y mi homenaje a su existencia era mantenerla viva acudiendo cada año a la misma habitación de hotel donde empezó todo como si con eso no se hubiera marchado nunca.

Se había ido del todo, la vida era así, y la prueba era que yo sabía con certeza, al llegar al hotel desde la autopista y dejar el coche en el parking, que la luz encendida de nuestra habitación no significaba que Sofía estuviera dentro. No lo estaba. La luz se encontraba encendida, sí, y otro huesped la estaría ocupando. Sería el primer año, desde que se fuera, en que no podía reservar la misma habitación, nuestra habitación. La habitación donde todo había sido. Porque por mucha luz que hubiera, Sofía no estaba dentro.

II: El niño tenía una cabeza enorme, desmesurada, sin un mínimo atisbo de cabello

El tonto del Daniel me llama y me dice que está en peligro, que necesita ayuda, y me lo dice mezclando gritos con sollozos, y claro, me acojono. Porque una llamada de esas acojona. Para qué nos vamos a engañar, que te llame de improviso al móvil un tertuliano del club del libro al que vas de vez en cuando, con el que te has tomado cañas aquí y allá, y te diga que necesita ayuda, que por favor vayas, que es muy urgente, que le haces falta, que tiene miedo, que no sabe qué hacer, y entre lágrimas y chillidos de desesperación te ordena y te pide que le ayudes, pues como que acojona. Un huevo.

O a lo mejor es que yo soy un cobarde y me asusto con mucha facilidad. Soy Lucas. Lucas Martínez, para servirle a usted y al rey. A Dios no porque cada vez creo menos, y después de los sucesos del hotel de Parderubias desde el que me llamó Daniel, todavía menos. No puede haber dioses que toleren, acaso ni siquiera dioses que entiendan, lo que sucedió allí.

Por retomar la historia, Daniel me llamó desesperado pidiendo ayuda, diciendo que en el hotel del pueblo de Parderubias, en Galicia, al que había ido a pasar la noche, sucedía algo extraño. Por “algo extraño” se refería a algo que no supo explicarme o que yo no pude comprender, porque no emitía frases con un sentido gramatical complejo correcto y porque cuando se está llorando no se vocaliza bien entre mocos y sandeces. Que se había perdido, decía, que no sabía qué era cierto y qué no. Que la echaba de menos. Y quizá, lo que más me sobrecogió porque no venía a cuento: que el niño estaba muerto.

No sé qué niño. No sé a qué se refería con “muerto”. Sólo sé que estaba borracho como una cuba, seguro, porque siempre lo estaba, y que tenía que ver con su ex, una tal Sofía por la que se había quedado colgado cuando ella seguro que ya llevaba un par de años follándose a quién sabe cuántos cubanos. Te digo cubanos como te digo cordobeses, me da igual. Tirándose a alguien. Quizá enamorada, y casada, y con niños. Y Daniel, que últimamente había venido a convertirse en amigo porque teníamos muy buen rollo en las tertulias y fuera de ellas, todavía no había encontrado el norte, ni la luz que le permitiera olvidarla. Y bebía demasiado. Claro que quién soy yo para juzgar, que la mitad de lo que me pasan mis padres se me va en farlopa. Cómo podría condenarle, por mucho que él tenga un problema y yo no, porque sólo consumo para divertirme, y ya está. Lo dejo cuando quiera. Él no. Él no puede dejarlo.

Así que me vestí. Qué otra cosa iba a hacer. El Daniel necesitaba ayuda. Me puse vaqueros, camisa blanca y agarré el abrigo, no sabía qué frío iba a hacer en el norte. Tenía varias horas de coche hasta Parderubias, por mucho que pisara al Audi. Me pregunté si sería suficiente, si no llegaría demasiado tarde para lo que estuviera pasando, y si no sería mejor llamar a la policía. Pero me había pedido ayuda a mí, quizá porque no conocía a nadie más ni tenía amigos cercanos como los que pudiera conservar de su Colombia natal, y la única persona que acudiría a su lado en caso de emergencia era yo. Así que fui, claro.

Llegué cansado al hotel y, aunque la puerta principal estaba abierta, no había nadie en recepción. Pensé que la muchacha encargada de los huéspedes estaría dormida o escaqueándose. Sabía el número de habitación en la que se encontraba Daniel, así que subí directamente en el ascensor, concentrado en mi móvil, escribiendo un Whatsapp a Daniel que decía “Estoy aquí, subiendo a tu cuarto”. Cuando se abrieron las puertas del ascensor, grité.

Fue un grito leve que controlé enseguida, pero el susto no me lo quita nadie.

De pie en medio del pasillo del hotel, parado en frente de una de las puertas, había un chaval de unos diez con los ojos cerrados. El niño tenía una cabeza enorme, desmesurada, sin un mínimo atisbo de cabello. Y no se movía. Dudé entre avanzar o bajar de nuevo en el ascensor a la planta baja. “Eres un hombre, Lucas.”, me dije, “Compórtate como tal”. Luego pensé que se me daban de pena los niños y la cabeza incongruente con el cuerpo no era normal. Mejor dar media vuelta y marcharme. Llamaría a Daniel desde abajo.

Y en ese momento la puerta que el niño estaba mirando se abrió dando lugar a una pequeña rendija lo suficientemente amplia para revelar tan sólo un ojo. “Pssst”, susurró la voz del ojo al otro lado de la puerta llamando mi atención, “psssst”. Intuí que era Daniel y, efectivamente, el número de la habitación era el suyo. “Pssst”, me llamó de nuevo.

El niño de cabeza enorme no se movió, no se movía. Me acerqué lentamente. Tan lentamente que quizá tardé un minuto en recorrer algunos metros. El niño de cabeza transatlántica era raro en mucho sentidos, y no sólo por el tamaño del cabolo. Digo que no se movía, y cuando estuve lo suficientemente cerca pude averiguar por qué.

Daniel tenía razón, la había tenido en la conversación por teléfono: el niño estaba muerto.

El chaval tenía una brecha gigantesca en la cabeza gigantesca, de la que brotaba sangre. Era raro que estuviera de pie, sin caerse estando muerto, y que no hubiera nadie allí. Ambulancias, policía, el personal del hotel. Alguien.

“Pssst”. Daniel me llamó otra vez, esta vez abriendo un poco más la puerta y haciéndome señas con la mano para que me acercara.

Tuve que pasar cerca del niño muerto. Lo hice sin tocarle y evitando que mis pies adornados con zapatillas HB tocaran las partes del suelo cubiertas de sangre. Entré en la habitación. En ella, un tranquilo y calmado Daniel me abrazó como si fuera su novia. Es posible que jamás se hubiera alegrado tanto de ver a Sofía como lo había hecho de verme a mí aquella noche.

III: La sangre se espesaba en el suelo del pasillo

Lucas llegó a tiempo. Temía, cuando le llamé, que no viniera en absoluto. Quizá no soné de lo más coherente. Yo mismo no entendía qué pasaba. En el hotel me habían dejado reservar mi habitación de siempre sin problemas. Pensé que se habrían dejado encendida la luz sin que hubiera ningún huésped, aunque me extrañó porque era uno de esos hoteles donde el sistema eléctrico de la habitación se encendía sólo mientras la tarjeta de acceso se encontrara en la ranura. Y en recepción me dijeron que la habitación estaba vacía. A lo mejor el personal de limpieza había estado preparándolo, aunque me resultó raro que lo hicieran a las nueve de la noche. Quizá me he equivocado de ventana, aventuré, y la luz que he visto desde fuera es de otra habitación. Pero lo cierto es que conocía bien el lugar, el hotel y mi ventana. Nuestra ventana. La ventana a cuya vera Sofía se había fumado un Fortuna después de hacer el amor. Y estaba iluminada aunque la habitación estaba vacía.

Tras tomar mis datos, la recepcionista me proporcionó una llave con la que subí a la quinta planta hasta encontrar mi habitación. Lo que sucedió entonces no es fácil de describir. Entre otras cosas, porque todo se vuelve borroso tras la primera botella.

No sé cuántas hubo. Botellas, quiero decir. Sólo sé que llamaron a la puerta y, cuando abrí, había un niño muerto a la entrada con una brecha en la cabeza. Debía llevar bastante tiempo ahí, parado, porque la sangre se espesaba en el suelo del pasillo. Tenía la cabeza enorme y los ojos cerrados. Me asusté un poco pero no demasiado. “Estás delirando, Daniel”, pensé. “Sólo deliras”. Así que cerré la puerta y recapacité un poco y me sonreí a mí mismo por tener delirium tremens y di otro sorbo a la copa. Este champán del hotel era un porquería. Bebí un poco más para paladear la porquería. Y volví a abrir la puerta.

Fue cuando empecé a entrar en pánico, porque el niño de tremenda cabeza seguía ahí pero, lo que es peor, seguía muerto. Era un delirio muy persistente. Y se me aceleró el corazón. Y se me nubló la vista. Y lo toqué.

Toqué al niño para ver si era de verdad o un delirio.

Y era de verdad y empecé a gritar y ya no supe nada y cerré la puerta deprisa con un portazo y me acuclillé en un rincón de la habitación y sólo pude atinar a sacar el móvil y llamar a la primera persona que se me ocurrió, mi brother Lucas de las tertulias, que aunque estuviera lejos al menos podría ayudarme a discernir si el niño era real o no.

Si estaba loco o no.

Y además, qué coño, podría beber conmigo una copa una vez que estuviera aclarado lo del niño muerto en el pasillo.

IV: Matemos a la virgen, salvemos al monstruo

Entré en la habitación de Daniel. Era un caos. Ropa y restos de comida y botellas y latas de cerveza por doquier. En un rincón, abrazando sus propias rodillas, se sentó mi compañero del club del libro, con lágrimas en los ojos y recogiendo una botella de champán del suelo a la que dio un trago.

– ¿Qué ha pasado, tío? -le dije.

– El niño… el niño está muerto en el pasillo -me respondió.

Sí, lo había visto, muy obvio. Pensé que quizá yo debería estar asustado, pero no tenía mucho miedo. Lo que tenía era ganas de descubrir qué había sucedido, cómo se explicaba aquello, cuál era el misterio. Y por qué no había nadie en el hotel.

– Es lo más raro que me ha pasado en la vida -afirmé.

Abajo, en la calle, al otro lado de la ventana, un murmullo de gente se iba acercando progresivamente. Me acerqué a mirar el exterior. Un río de gente, quizá toda la población de Parderubias, armados con escopetas de caza y rastrillos de campo, ocupaban todo el ancho de la calle principal, dirigiéndose quién sabe adónde mientras gritaban aforismos ininteligibles desde la planta del hotel. No parecían muy contentos.

– Vamos, tenemos que bajar -le dije a Daniel, y le extendí una mano.

– ¡Pero hay un niño muerto en el pasillo con una cabeza enorme! -respondió.

Sin esperar a que cogiera mi mano, agarré yo la suya y le levanté casi a la fuerza, mientras le explicaba:

– En todas las pelis de miedo el error es quedarse solos. ¡Tenemos que rodearnos de gente! Ellos sabrán qué está pasando.

Me siguió a medio camino entre la catatonia y la supervivencia. Ninguno de los dos quisimos mirar al niño cabezón muerto en el pasillo, y aceleramos el paso hasta llegar al ascensor y, después, al cruzar la desierta recepción del hotel y salir a la calle.

La marabunta de gente casi no reparó en nosotros, salvo los más cercanos y un hombre de barriga tan amplia como su escopeta, que nos hizo señales con las manos para que nos acercáramos.

– ¡Rápido -nos gritó-, ya queda poco tiempo, tenemos que acabar con ella!

Ni puta idea de a qué se refería, oiga. Ni yo ni Daniel, que nos miramos entre nosotros extrañados pero nos unimos a los manifestantes, si es que manifestantes eran.

– Hay un niño muerto en el pasillo -le dije al hombre barrigón, pensando que quizá él pudiera hacer algo al respecto.

– ¿Otro más? -nos respondió-. Hay que pararlo. Hay que pararlo cuanto antes.

Otro más, pensé, mientras caía en la cuenta de que Daniel y yo seguíamos cogidos de la mano como si fuéramos novios. No se la solté. Sentía su miedo por debajo de la piel y el contacto humano es muy reconfortante, especialmente de la única persona en todo el pueblo que sabía con certeza que era un amigo y no un enemigo ni un muerto.

Avanzamos con la manada sin saber hacia dónde. Media hora más tarde llegamos a un pequeño cerro con una ermita diminuta sobre la que se erigía una cruz de tamaño descomunal muy desproporcionada para el tamaño de la capilla. Atada a la cruz, había una muchacha de unos quince, amordazada. Se le distinguían los ojos abiertos de par en par por el miedo mientras trataba de zafarse de las cuerdas que la retenían a la cruz.

– Pero qué hacéis, locos -le pregunté al gordo que nos había guiado.

– Hay que matarla -respondió- para que el monstruo no sufra.

– ¡Estáis tarados! -gritó Daniel.

Me pregunté si realmente lo estaban. Al fin y al cabo había un niño muerto en el pasillo del hotel, y al parecer no era el único.

– ¡Matemos a la virgen, salvemos al monstruo! -comenzó a gritar la gente.

– Si no calmamos el dolor del monstruo -contestó el barrigón, quizá entendiendo que éramos nuevos-, seguirá matando niños.

– ¡Matemos a la virgen, salvemos al monstruo! -coreaba la multitud.

El hombre de la barriga nos seguía explicando mientras se acercaba todavía más a la ermita:

– Es la única forma. Sabemos la salvajada que supone matar a una adolescente, pero sólo así, cada 57 años, dejan de morir niños. Estamos salvando vidas.

Recordé al niño cabezón muerto en el pasillo. Miré a Daniel, y me entendió perfectamente sin dejar de cogerme de la mano. Ambos gritamos a coro con el populacho enardecido:

– ¡Matemos a la virgen, salvemos al monstruo!

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