Decir adiós a tiempo

Ella solía ser médico, pero no curaba cuerpos. No en el sentido tradicional del término. Curaba las cabezas. No como una psicóloga, no, aunque quizá lo fuera. No. Las curaba como una bombilla ilumina los objetos de una habitación: basta sólo con estar cerca.

Él solía cerrar el libro, aparcarlo en la mesita de noche y dejar de leer cuando ella estaba cerca, quizá para empaparse más de la luz que ella emitía, de la luz que le envolvía, como si tomara el Sol de la presencia de ella, y se regodeara en ponerse moreno en su cabeza, en el interior de su cabeza, con su mera presencia
(precisa y esencial)
y con los árboles en otoño.

Se despidieron antes de que fuera demasiado tarde. Si hubieran esperado un poco más, si se hubieran entretenido en aguantar, si se hubieran soportado el uno al otro porque sí, se habría destruido el mundo y todo lo que el mundo contiene. Pero se despidieron antes de que fuera demasiado tarde y no se perdió nada: al contrario, se ganaron los recuerdos de un mundo hermoso que ambos habían compartido, y compartieron para siempre, en la memoria.

Él salió despedido en un cohete, rumbo a la luna, muy probablemente a follarse algún cometa, y ella se subió al tren que le llamó la atención, tiempo después. No al primero que pasó por la estación, ni al segundo, ni al tercero; sólo al que le llamó la atención, con su humo y su estruendosa locomotora de vapor.

Ella es muy cobarde, lo sigue siendo todavía hoy, y él se pierde en sus propios pensamientos hasta paralizarse por completo, pero nunca tales miedos y parálisis les retuvieron atascados atados el uno al otro, atacados por los agobios y dolores de encadenarse corazón a corazón. No, fueron más listos y valientes: se despidieron a tiempo.

Eso les permitió conservarse el uno al otro. Irónicamente, despedirse a tiempo les ató de por vida. Veo llegar el día en que ella recibe una misteriosa llamada, con número oculto, sin membrete, de alguien que conoce su nombre. Ya no conoce la voz. Ya no. Ya no, aunque lo haga. Y no reconoce el contenido. Es un mensaje anónimo que habla de maravillas de otro mundo, un mundo que no fue. Y piensa.

Él no es muy listo. De hecho, es muy tonto. Ella sabe más del mundo, de letras, y de cuerpos. El sólo tiene su instinto, y con eso le basta. Ella a veces se equivoca. Se equivoca a menudo, de hecho, porque no sigue su intuición. Él es más rápido, menos sabio, más certero.

Ambos se revelaron el secreto antes de irse: el secreto para no separarse nunca es decirse adiós antes de que sea demasiado tarde, cuando todavía hay tiempo, cuando todavía hay un quizá, cuando todo pudo ser. Cuando el mundo no se había destruido, no lo habían destruido. Cuando todo era, y todo es hoy todavía porque no lo hicieron trizas. Sólo lo dejaron ahí, todavía vivo, por haberse despedido a tiempo.

Ella escondió la prueba donde se demostraba que le amaba. Él se metió en el bolsillo los momentos bellos en los que pasaba el tiempo junto a ella. Ambos se dijeron adiós estando vivos, enteros, sin haber perdido nada. Sale en las noticias: pareja que se quiere se despide, y son felices.

Sé el primero en comentar

Deja una respuesta