Dejado marchar

El último chute fue el mejor de todos. Su hada madrina se lo había concedido. O quizá había sido un billete de veinte. Pero lo estaba disfrutando. En su viaje, en el interior de la maleta donde todo estaba oscuro y al mismo tiempo todo estaba iluminado, era feliz. Nada sabía de jardines ni piscinas, de caerse, de ahogarse, de morir. Fue el último viaje en muchos sentidos. Saldría en las noticias: joven de La Moraleja bajo el efecto de estupefacientes muere ahogada en la residencia familiar. Para ella no había agua, sólo había viaje. Su hada, por fin, la había dejado marchar.

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