Derek hacia la espesura II

Por un instante pensó que se alabeaba, se combaba, su brazo por la presión, como si el cúbito y el radio en el interior se doblaran ligeramente sin llegar a romperse. No era posible, pero se lo pareció. Eso fue cuando cayó del árbol, del pino al que había intentado encaramarse. No había encontrado un fuerte roble que lo cobijara y protegiera, así que había terminado por elegir el pino más alto. Si Derek hubiera podido verse la cara, el espejo le habría devuelto un rostro cinéreo, del color de la ceniza, apenas rostro. Y no le habría importado, porque sólo podía pensar en escapar y refugiarse. El pino, tan alto, le había parecido una suerte de clavo de seguridad, anclado en la tierra con raíces como un cárcamo, como un anillo de sólido entre arenas movedizas.

No era así. Se cayó moviendo los brazos abajo y arriba como remos sobre chumaceras, sin lograr aferrarse a nada, hasta terminar sobre el suelo, de golpe, sintiendo que se le rompía el brazo derecho pero no ocurriendo tal cosa.

– Malditas latas -pensó y dijo-. Putos dibujos en las latas.

Maldecía en voz alta aunque estuviera solo. No lo hacía a menudo, hablar solo, pero la ocasión lo merecía. No todos los días escapaba uno de la muerte por diseño de latas de conservas, y todavía no tenía claro que hubiera escapado del todo. El bosque parecía ser un refugio, pero no sabía de qué calibre. Quizá pudieran seguirle hasta allí.

No las latas, no. Quienes hubieran organizado las latas con aquel patrón.

El bosque, con sus árboles, se le antojaba un chifonier, una cajonera altísima con distintos agujeros donde esconderse del mundo, del supermercado, de Christine. Porque unos cuantos metros más allá, unos minutos antes, se había sentido desprotegido y vulnerable, como si le hubieran retirado el hollejo protector al mundo y hubieran revelado al joven Derek desnudo y solo ante la maldad más pura, ante el posible daño del dibujo de las estanterías del supermercado. Y por lo que él sabía, quizá así fuera sido. Por eso abandonar el macadam, el sucio asfalto de la ciudad, y pisar el suave y aterciopelado querer del frondoso bosque había supuesto una suerte de liberación para él, como si hubiera recuperado su escudo y pudiera al menos si no defenderse, sí esconderse del mal que acechaba para él. Aunque no terminaba de sentirse seguro, al contrario. Había intentado encaramarse al árbol trepando porque casi podía sentir, prever, que el mal del diseño de las etiquetas de las latas podía filtrarse a través de los árboles, como escorrentía, agua fluyendo, dirigida hacia el que le buscara entre los troncos bifurcándose hasta encontrarle y hacerle daño. Derek se había convertido en un humano feral, salvaje, sin apenas darse cuenta; ya no pensaba su cerebro, pensaba su instinto. El de supervivencia. Porque el mal era muy real y su miedo muy cierto. Y no sabía qué hacer ni cómo protegerse.

Desistió de intentar trepar a la cima del árbol y siguió corriendo adentrándose en la espesura, cruzando bajo las ramas de los pinos como jambas de portales hacia la seguridad, allá en alguna parte.

La combinación de súbito esfuerzo y pánico le llevó a sentir retortijones en las tripas tan intensos que le obligaron a parar no para hacer de vientre sino para dejar escapar por la boca un vómito verdoso cual meconio maloliente que abandonó a su suerte en mitad del bosque mientras se limpiaba los labios con el dorso de la mano y volvía a ponerse en pie para seguir corriendo tanto como se lo permitía el accidentado terreno.

Quizá quienes habían diseñado las etiquetas de las latas, el dibujo que formaban entre todas en las estanterías, le esperaban emboscados tras algunos de aquellos árboles. Tenía que correr más rápido. Alejarse más rápido. A veces las ramas más bajas le arañaban y raspaban en los brazos, la cara, las piernas y parecían sujetarle por la cintura como cinchos que le ataran a la civilización y por ende a ellos. A ellos.

Joder, Derek, corre, tienes que esconderte. Ya vienen.

Ya vienen.

Pronto el instinto de supervicencia de Derek comenzó a conectar con sus sentidos y alcanzó una plenitud salvaje de comunión con su propio cuerpo que no había sentido en la ciudad, salvo quizá cuando de pequeño había jugado al fútbol, coordinando miembros, psique y reflejos para dar lugar a una máquina de carne y hueso. Sus ojos, olfato y oído empezaron a tamizar los estímulos y a distinguir los peligros: una rama aquí, un siseo allá, una brisa desde el norte. Quizá, después de todo, Derek podría sobrevivir en la espesura. Se contuvo así, por pura necesidad y reacción primaria de animal en libertad ante el peligro, el ataque de ansiedad que la sobreexcitación por sobrecarga de estímulos había provocado, y sus sentidos actuaron de filtro, de tolva de la percepción dejando pasar a su intelecto ahora sólo lo relevante, lo que pudiera salvarle la vida.

Su piel como escudo coriáceo ante la maldad, las ramas pasando progresivamente a convertirse en fiadores de su anclaje al bosque que le salvaría. Entre alheñas y bojes durante tal vez media hora Derek comenzó a sentirse más seguro no del mundo, que no lo era en absoluto, sino de sí mismo y de su cuerpo. Quizá sobreviviera, después de todo.

Y en cuanto lo vio pensó que quizá existiera una puerta a la salvación, un camino a la seguridad. Era un roble, sin duda.

Un roble fuerte y sano.

Grande y diestro.

Podía ser el picolete del cerrojo de la puerta del lugar donde no existía el mal del dibujo de las latas.

Sí, podía ser.

Sin pensarlo dos veces, Derek se abrazó al tronco del roble más robusto del bosque, y se quedó allí, abrazado, mientras cruzaba el cielo y se ponía el Sol.

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