Derek hacia la espesura III

La decisión no fue fácil. Se estaba muy seguro abrazado a aquél roble. Tanto, que para Derek abandonar el confort y la sensación de tranquilidad –vaga calma en un mar de horrores- que le producía aferrarse al árbol era una locura digna de un suicida.

Cuando lo vio, como de refilón, no pudo evitar que su corazón se acelerara otra vez, salvaje, perseguido, oprimido por el miedo, y comenzara a respirar entrecortado pleno de terror inconsciente. Pensó que le tenían. Pensó que iba a morir y acto seguido que la muerte hubiera sido una salida sencilla y agradable en comparación con lo que el Diseñador de Latas podía hacerle, infringirle. Los ruidos del monstruo a su alrededor, los pasos y la respiración de algo rondándole a él y al árbol, agitaron su sesera y sus latidos rayando la taquicardia hasta que pudo verlo.

Era un cervatillo.

El animal paseaba por el bosque en el que Derek se había internado. Pequeño, de carne tierna, mirada humilde, el ciervo olisqueaba la zona y miraba a Derek aferrado a su árbol como tratando de entender. Era un animal noble.

Pero Derek no vio un ciervo noble y joven rondándole. Entendió perfectamente lo que estaba pasando. Sabía que el Diseñador de Latas podía cobrar muchas formas y alcanzarle en los más recónditos escondrijos que la Tierra pudiera ofrecer. Que podía dañarle a través del patrón de las latas de conservas en el supermercado o tomando posesión de un animal, por inocente que pareciera. Un cervatillo, por ejemplo.

En toda su existencia, hasta aquel día en el bosque aferrado al roble, Derek no había tomado jamás una decisión tan difícil. Pero vio claro que la solución a sus problemas, el fin del miedo y el dolor y la frustración y el pánico y la impotencia, estaba ante sí.

En el mundo hay personas valientes. Y en el mundo hay personas cobardes. A veces, lo que distingue a un héroe de un mierda es la situación, el momento, un único instante. Ese instante en el que coges la espada y atacas, o huyes y te escondes.

Derek vio la oportunidad con claridad. Y aunque aferrado al roble lo fuera, Derek no había sido antes un cobarde. Casi nunca. Le había ido bien, creía, en la vida, precisamente por no serlo. Por enfrentarse a los miedos cuando le acorralaban. Por dar un paso adelante cuando todo su sistema nervioso decía “ten cuidado, no hagas nada”. Por coger al toro por los cuernos.

Y, si de algo se arrepentía en la vida, era de aquellos momentos en los que el miedo no le había dejado actuar y paralizado, había permitido que el momento y el lugar le zarandearan. Pero Derek era un tipo valiente, él lo sabía, y sabía, sí, con certeza, que algunas de las mejores cosas en su vida habían sido producto precisamente del miedo, de tomar la decisión en los instantes de pánico.

Recordó aquel día, con quince años, en que le pidió a Sara, con las manos sudorosas y la voz temblando y los músculos faciales que no le respondían, si quería quedar con él fuera del instituto. Derek lo tenía muy claro: a veces las mejores cosas de la vida surgen del miedo.

Miró al cervatillo. Sin duda, era él. Era el mal que le acosaba. Era el daño. Era el terror. Era todo lo que podía herirle, concentrado. Y era también su oportunidad de acabar con él.

Pero se estaba tan seguro en el roble. Allí nada podía atacarlo ni alcanzarle. Abrazado al árbol se estaba protegido. El árbol del bosque le servía de escudo ante el Diseñador de Latas. Mientras no se moviera, nada le heriría.

Y, sin embargo, Derek sabía que no podía quedarse para siempre aferrado al roble. Que tarde o temprano tendría que moverse, soltarle. Y correr otra vez, presa del pánico, huyendo del mal que le perseguía. Por mucho que el miedo le atenazase, su oportunidad de librarse de una vez y para siempre de lo que le acosaba se presentaba ahora con meridiana claridad.

Derek planeó en su cabeza el ataque. Tenía que ser rápido, antes de que la criatura presintiera sus movimientos de contraataque y saliera corriendo o, peor, cambiara su manifestación a otra criatura más difícil de reducir. ¿Pensaba tal vez, el Diseñador de Latas, que al convertirse en ciervo podría engañarle y acercarse a Derek disimuladamente para… para lo que fuera que quisiera hacerle? El cervatillo se encontraba ahora a varios centímetros de Derek, olisqueando aquello que le llamaba la atención y que no conseguía identificar: un humano abrazado a un árbol.

El humano tardó casi dos minutos en dibujar el plan y el detalle de movimientos en su cabeza, pero una vez visualizada la secuencia ante sus ojos, la descripción física del movimiento le llevó sólo unos segundos. No lo pensó dos veces antes de hacerlo. De haberlo hecho, lo sabía, hubiera empezado a dudar y jamás se hubiera movido. Pero sencillamente lo hizo.

Derek se abalanzó de improviso sobre un ciervo que no lo esperaba. El animal, de rápidos reflejos, saltó tan celéricamente como pudo, y no fue suficiente. Era demasiado joven para escapar de aquel depredador llamado Derek, que trató de agarrar al cervatillo y, cuando éste trató de escabullirse, sólo puedo aferrarle una pata. De esa pata, zarandeó al animal de un lado a otro tanto como pudo, hasta golpearle repetidas veces contra la corteza del mismo roble que le protegía antes. Es posible que el cervatillo se rompiera la columna en uno de aquellos golpes, y Derek le agarró mejor.

Ahora había cambiado el abrazo al árbol por el abrazo al pequeño ciervo, que trataba de soltarse agitándose de un lado a otro. La mano derecha de Derek agarró una piedra cercana.

Y empezó a golpear. Una y otra vez en la cabeza, al cervatillo, con toda la fuerza que la adrenalina y el terror le permitían, que era mucha. Apuntó a los ojos, y se los reventó. Oyó crujir algún hueso del cráneo. Siguió golpeando la cabeza del animal incluso cuando éste ya no se movía, tirado en el suelo, sangrando.

Derek gritó a pleno pulmón, en mitad de ninguna parte, rodeado de árboles, con una piedra afilada en la diestra y sangre salpicando sus brazos, su camisa y su cara. Gritó como si fuera libre porque lo había conseguido: había acabado con el Diseñador de Latas. Podía estar tranquilo, ya.

Tardó casi diez minutos en darse cuenta de que no se sentía tranquilo. Y, al contrario, pensó, quizá estuviera en más peligro que nunca. Había cometido un grave error.

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