Derek hacia la espesura IV

No había nada en la distancia. Ni siquiera un mísero avión en el cielo. Alrededor de Derek sólo la naturaleza, salvaje y sana, le ocultaba del mal que le perseguía. Corrió todavía más. Famélico ya, cansado, sin saber adónde ir, sencillamente corrió otra vez.

El pánico se había apoderado de él tras matar al ciervo. Pensó que, probablemente, el Diseñador de Latas había saltado a otra manifestación justo antes de que el cervatillo muriera. Al fin y al cabo, sólo era un cuerpo. El mal que latía en su interior podía haber saltado a otro ser antes del fin. De hecho, Derek había sentido que así fue.

Así que había salido corriendo otra vez. Sin dirección, sin norte, sin objetivo.

A ratos su corazón le ordenaba detenerse, con toques de atención como tambores que le decían “para, para, no puedes más”. Cuando eso sucedía, Derek andaba. Y cuando sentía que recuperaba las fuerzas de nuevo, arrancaba a correr otra vez.

Tenía hambre, pero no había nada que comer. Recordó el paquete de pan de molde que había tirado en el supermercado y se maldijo por no habérselo llevado consigo. Pensó que quizá ya ninguna de las personas de la tienda estaba viva, si el Diseñador de Latas había decidido acabar con ellos cuando él se fue.

No, pero había venido detrás suya hasta el bosque. Derek se llamó a sí mismo héroe. Si él no hubiera arrastrado al Mal en su carrera, quién sabe cuántos de quienes se encontraban comprando allí en aquél momento hubieran quedado vivos. O algo peor que muertos.

Pasada una hora llegó a un riachuelo y, tras beber agua, lo siguió por la orilla, a ratos andando y a ratos corriendo, al tiempo que miraba alrededor de vez en cuando buscando la próxima manifestación del Diseñador. Pronto el bosque se volvió menos espeso y al cabo pudo divisar una carretera, hacia la que se dirigió. Ya no se sentía seguro entre árboles.

Aunque ahora sabía lo que debía hacer. Una piedra había bastado para un cervatillo, pero la próxima manifestación de El Mal podía ser cualquier cosa. Y quizá no bastara una piedra. Derek sabía ahora que tenía que defenderse. Que la mejor defensa es un ataque. Que podía matarlo, que había una forma de acabar con aquello, que sólo tenía que ser lo suficientemente valiente y decidido.

Cruzó la carretera y se acercó a las casas que se extendían al otro lado. Tenía muy claro dónde y cómo podía defenderse. Era un tipo listo.

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