Derek hacia la espesura V

Regresar a la ciudad que le había visto crecer, tras abandonar la espesura, fue más difícil de lo esperado. Había demasiada gente a su alrededor. Demasiadas incógnitas. ¿Sería él? ¿Sería ella? ¿Qué forma había cobrado ahora el Diseñador de Latas? Podía ser aquel niño. Aquel conductor de la furgoneta de reparto de MRW. Aquellas adolescentes sentadas en el parque. Aquél perro. Sí, podía ser aquél perro. Quién sabe.

Derek se apoyó sobre el muro de un edificio, agotado. Había corrido mucho. Sudado y sin fuerzas pasado ya el subidón de adrenalina de la persecución y la lucha con el cervatillo al que había matado. Se sentía orgulloso de su batalla con el ciervo: había conseguido acabar con la amenaza.

Temporalmente.

Reanudó la marcha. Tenía que defenderse. Tenía que atacar para defenderse. Y sabía cómo. Dirigió sus pasos a la antigua casa de su tío, un chalet en las afueras urbanizables de la ciudad con una pequeña piscina y unos cuantos árboles. Sabía bien lo que guardaba su tío en el sótano. Le había acompañado muchas veces de pequeño, los domingos, mientras lo usaba.

Por la calle caminando intentaba cubrirse el rostro con el brazo, para que el Diseñador no le reconociera. Sabía que no tenía mucho sentido porque El Mal sabría quién era por mucho que se tapara la cara con un antifaz. Pero quizá las manifestaciones mortales de quien le perseguía no fueran tan poderosas. Tal vez, al cobrar forma humana, sólo podían ver con los sentidos y no con las fuerzas incontrolables que le habían transmitido las latas del supermercado. Los mortales, desde luego, podían morir. Quizá también estuvieran limitados en otros sentidos. Deseaba que así fuera. Necesitaba que así fuera, para sobrevivir.

Tardo casi media hora en cruzar parte de la ciudad y llegar a la casa de su tío, Benjamin, a quien tanto quería. Dudaba que estuviera en casa. Ya casi nunca estaba. Desde lo de Cherry, su hija, la prima de Derek, no había vuelto a ser el mismo y rara vez venía al chalet donde ella había muerto; residía en su apartamento de Coswick, la ciudad vecina, donde tenía además su despacho. Y la casa donde Derek se encontraba, aunque grande y acomodada, casi siempre estaba vacía ya. Cherry se había ahogado cuatro años atrás en aquella piscina que ahora Derek iba a visitar.

Tenía una copia de las llaves en casa, pero no la llevaba consigo. No importaba, sabía cómo entrar. Bastaba sólo con saltar la valla para acceder al jardín, y desde ahí…

Derek probó suerte tirando de la abrazadera blanca de la puerta que daba acceso al sótano. Sí, la puerta del garaje estaba abierta, sin cerrar con llave, y Derek alzó manualmente el mecanismo automático con facilidad.

Fue prácticamente lo primero que vio: colgaba sobre la pared enfrente suya. Como si fuera un trofeo, pero no lo era. Era su salvavidas. Su arma. Su defensa.

Faltaban las balas, y durante unos minutos Derek se afanó en rebuscar por los cajones y mesas y baldas de estanterías en encontrarlas. Quizá no tenía. Quizá su tío ya no tenía balas porque ya nunca salía a cazar, y la última esperanza de Derek se viera truncada.

Pero allí estaba, bajo una capa de polvo, en una caja mayor, una caja de cartuchos. De color rojo. Le parecieron preciosos. Brillantes, luminosos, como joyas. Probó a armar y desarmar la escopeta varias veces. Quería cerciorarse de que aún recordaba cómo funcionaba y de que estaba en perfectas condiciones. Lo recordaba, lo estaba.

Antes de volver a la calle hizo una pausa en la cocina, en los armarios y en el sofá. Pensó quedarse allí más tiempo, como un refugio, pero sabía que no estaría seguro. No se sentía seguro. Pronto vendrían a por él. Quizá el cadáver de la misma Cherry, a quien tanto había querido, aunque no se encontrara allí enterrada. Quizá ella, quizá otros, vivos o muertos, animales o humanos, pero vendrían a por él. No, tenía que tomar la iniciativa, tenía que actuar, tenía que matarle. Tenía que matarle de una vez por todas.

Comió en abundancia. Al principio pensó que no podría tragar, pero una vez hubo engullido los primeros trozos devoró rebanadas de embutido guardadas en el frigorífico junto con trozos de pan duro, y luego repasó balda tras balda de refrigerado hasta hartarse.

Después se cambió de ropa. Su tío y él tenían una complexión parecida. Encontró una camisa de su talla y unos vaqueros negros que le servían. Se sentía más cómodo, más preparado para la lucha y salir huyendo, con vaqueros largos y camisa de manga larga. Más seguro, más protegido, como si la ropa pudiera servir de escudo. Siguió con sus zapatillas New Balance porque la talla de pie de su tío era distinta, y porque ningún otro calzado hubiera sido mejor para correr.

Después se quedó dormido, sin pretenderlo, tras sentarse a descansar un segundo en el sofá marrón del salón. Quizá durmiera dos horas. Para cuando abrió los ojos, empezaba a atardecer. Se maldijo a sí mismo por haber bajado la guardia y dio gracias al cielo, un cielo en el que no creía pero empezaba a creer, por no haber permitido que le atraparan mientras dormía.

Derek sabía lo que tenía que hacer. Tenía una misión que le salvaría la vida. Salió a la calle dejando todas las puertas abiertas de par en par incluida la de la tapia externa. Ya nada importaba mucho, salvo su vida.

Salió a la calle. Vio a una mujer de unos cuarenta años hablando por el móvil. Unos pasos detrás caminaba un hombre que quizá fuera su marido. Al otro lado de la calle un chaval sentado en un banco esperaba al autobús jugando con el móvil. No parecía que el matrimonio fuera una amenaza, Derek no presentía nada, pero el joven, quizá de 14 años, le daba mala espina. Podía ser el Diseñador. Y no era el momento de correr.

Se acercó a él con la escopeta en la mano. El chico abrió mucho los ojos, al verle, sin entender. Le sorprendió la escopeta y que aquel hombre robusto se acercara a él con ella en la mano mirándole fijamente. Pero no se movió, ni soltó el móvil; no sabía qué pasaba, ni qué querían de él. Derek sí.

-Eres tú –le dijo en voz alta-. Eres tú, sí, lo noto. Maldito hijo de puta.

Derek sabía que no podía dudar. Que si lo pensaba, nunca lo haría. Era la regla de los tres segundos que había seguido siempre en su vida ante el miedo: no lo pienses, hazlo. Si tardas más de tres segundos en hacerlo te comerás la cabeza, le darás vueltas innecesarias, dudarás, y jamás actuarás. Tienes que enfrentarte a los miedos sin pensar.

Derek alzó la escopeta y disparó. Parte de la cabeza del chico estalló en pedazos envuelta en sangre.

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