Derek hacia la espesura VI

Derek extasiado, dando saltos. Derek en plena explosión de alegría por haberlo matado. Derek sabiendo que ha librado al mundo de un mal inmenso del que nadie salvo él se había dado cuenta. Derek contento por haber salvado no sólo su vida sino a un planeta superpoblado de seres humanos. Derek, héroe.

Corrió a grandes zancadas, ahora no de pánico sino jubiloso, sonriente, orgulloso por su valentía y buen hacer. Por su decisión, por su clarividencia. Por haber superado el miedo enfrentándose a sus demonios. Literalmente a sus demonios. Lo había matado. Lo había logrado. El Diseñador había muerto. No había prestado atención al matrimonio que gritó al oír el disparo, ni miró atrás al salir corriendo para ver cómo la gente se arremolinaba cerca del cadáver del chico muerto y sacaba los móviles de los bolsillos para llamar al 112. Todo eso, para Derek, eran sólo los gestos de un mundo que no entendía, que no podía entender, lo que Derek había logrado. Estaban ciegos.

Estaban ciegos, todos ellos.

Derek era un iluminado y sólo él podía captar con claridad la grave amenaza que, durante un tiempo, se había instalando entre sus semejantes. Sabía también que su vida a partir de ahora no sería fácil: la justicia le buscaría por asesinato, porque no podían ver. Sería un fugitivo, y debía marcharse. Eso le entristeció un poco. Él sólo quería llevar una vida normal, lejos del Mal que le había acechado. Que las circunstancias le hubieran forzado a hacer algo que los demás no podían entender, y por lo que le juzgarían erróneamente, era frustrante e injusto. Pero era la situación que le había tocado vivir, Derek lo entendía, y asumió tener que abandonarlo todo para vivir en libertad. Pensó en posibles destinos a los que ir. Filipinas, sudamérica, el África subsahariana. Su vida se había roto para siempre y, con más rabia aún, pensó que ni siquiera era culpable de lo que le acusarían. Él no había asesinado a un muchacho, de la misma forma que no había matado a un ciervo. Sólo se había defendido. Sólo había sobrevivido. Era un puto héroe, y nadie lo sabría jamás.

Dejó de correr, más triste ahora al contemplar la realidad de su situación, pasada la euforia. A su izquierda un parque con un columpio, un subeybaja y un par de mesas con bancos le llamó la atención. Casi vacía, sólo una madre con su hija de siete u ocho años, y un trío de tres chicas adolescentes sentadas a una de las mesas con un abón, echando humo, hacían uso de él. Derek pasó andando por delante del parque, con la escopeta todavía en la mano. Algo en aquellos columpios no le gustó. Era aquella sensación de maldad. De impune maldad que todo lo come. OIía mal aunque no pudiera percibirse con la nariz. Olía muy mal aunque sólo él lo notara. El Diseñador no estaba muerto. Oh, no.

Oh, no.

Sólo se había multiplicado. Sintió ganas de llorar. De gritar. De desesperarse. De rendirse. ¿Para qué luchar

(Ay, la mato y aparece una mayor)

si lo destruía una vez y volvía a resurgir? Y otra, y volvía a nacer. ¿De qué servía, qué sentido tenía? Quiso suicidarse, huir, olvidarlo, dejarse ganar, rendirse a la oscuridad que lo acosaba, porque aquella Oscuridad no podía ser vencida. Pensó que, efectivamente, se trataba de oscuridad; el Mal era como sombras, difusas, borrosas, que pisabas o pegabas o disparabas pero cuya fuente original de la cual surgían jamás era siquiera alcanzada. Eso era el Diseñador de Latas: la fuente primigenia del Mal que se extendía alrededor de Derek, y que no se podía tocar. Sólo podía matar sombras.

Quiso, pues, dispararse a sí mismo con la escopeta. Pero la sensación de maldad en el parque era extremadamente intensa, y algo en concreto le obligó a volver a sus cabales y regresar a ser el hombre valiente y bondadoso, decidido, que era: la niña que jugaba en la arena del columpio no tenía culpa de aquello. Sólo era una víctima. A ella, como a Derek, le rodeaban las sombras. Y ella, como Derek, sólo quería ser feliz en un mundo atroz. Sólo que ella no los veía. Era demasiado pequeña y demasiado inocente. Tampoco los adultos lo veían. Sólo Derek. Sólo Derek había visto el diseño de las latas. Era su responsabilidad proteger a los inocentes como aquella niña. No podía dejarla a merced del Mal. No importaba cuán asustado, cansado y desesperado estuviera, las criaturas como aquella no merencían ser dañadas por el Diseñador. Derek tenía una misión que cumplir, y no podría vivir consigo mismo de ninguna manera si dejaba que la Oscuridad atrapara a la niña.

Avanzó primero hacia la madre, que leía en un eBook negro sentanda en uno de los bancos en el perímetro del banco de arena del columpio. Le disparó a bocajarro en el estómago, viéndola doblarse y caer al suelo, las cuencas oculares girándose una última vez hacia su hija, como diciendo: «te quiero, huye». Quienes huyeron y gritaron fueron las tres chicas adolescentes de la mesa, que abandonaron sus porros en favor del atletismo y se perdieron de vista en la calle. La niña, asustada, sin saber qué hacer, mirando ojiplática a Derek, no se movió cuando éste, con los pies muy separados y la escopeta en los brazos cruzada sobre el pecho, se plantó ante ella. Debía parecerle muy grande. Un monstruo. Un monstruo muy grande. Con ocho o nueve años, comenzó a llorar, mirando a su madre. Empezó a llamarla, primero suavemente, casi en susurros, «mamá, mamá, mamá» y después gritando, desgarrándose: «MAMÁ, MAMÁ, MAMÁ». La cría intentó correr hacia el cadáver de su madre antes de que el brazo firme de Derek la sujetara y, alzándola, la atrajera hacia él.

Derek sabía que si la dejaba acercarse a la sombra recién fallecida algún daño podría surgir de ella. No podía permitírselo. Entendía el trauma que la niña estaba sufriendo, pero era por su bien. La había salvado. Tapó su boca, la de ella, con el antebrazo, la mano ocupada en sostener la escopeta, y arrancó de nuevo a correr con la niña en brazos. No había corrido tanto en muchas décadas, desde que tuviera quizá la edad de aquella cría. Tampoco sabía adónde se dirigía ahora, sólo tenía claro que debía proteger a la niña, criatura inocente, y salvarse él. Se sintió orgulloso de sí mismo.

Sé el primero en comentar

Deja una respuesta