Derek hacia la espesura VII

Derek había tenido una vida fácil, en términos relativos. Nunca había pasado hambre, no había participado en una guerra – ni siquiera había tenido que hacer la mili-, le habían roto el corazón un par de veces pero sólo una dolió de verdad, le había ido bien en los estudios y hasta que se quedó en paro, en junio de este mismo año, su trabajo le había gustado. Salvo unos años que pasó sin amigos, sin novia y sin vida social después del instituto, podía decirse que había sido bastante feliz. Jamás hubiera imaginado que algún día tendría que enfrentarse a esto que le perseguía ahora. No se había visto nunca un héroe a lo largo de su vida, pero empezaba a entenderse a sí mismo así, ahora, mientras la niña que había salvado de un mal inimaginable lloraba en sus brazos.

Las cosas que uno hacía por bondad. Derek era un buen hombre y eso sí lo tenía claro, lo había tenido claro de siempre, especialmente cuando Marta rompió con él para liarse -y luego casarse- con el motero malote que era su compañero de curro. Eso podía entenderlo, y pasado el dolor inicial ya no le importaba. Sabía que había egoístas individualistas incapaces de tomar una por el equipo que siempre se llevaban a la chica guapa. Y chicos como él, como Derek, que lo darían todo por los demás y por la persona que amaban. Absolutamente todo, incluida su propia vida.

Eso estaba haciendo ahora por aquella niña: dar todo lo que tenía, luchar por el bien y tratar de librar a un semejante de daño y muerte innecesarios. Pero nadie más lo entendería. Nadie más le creería. Ni siquiera ella, aquella niña. Para ella, sin duda, era un monstruo. Para el resto del mundo también, y sólo Derek sabía lo que realmente estaba ocurriendo: que era un héroe.

Dirigió sus pasos hacia la casa de su tío, de forma más involuntaria que consciente. Trató de evitar las calles principales: le pillarían. Había crecido y vivido durante muchos años en aquella zona, sabía por dónde caminar para no ser visto. La niña sólo habló una vez, para decir: «quiero ir con mi mamá», y se calló ipso facto cuando Derek le dijo que aquello no era posible porque su madre era El Mal. La cría le miró con los ojos muy abiertos, sin entender, quizá maravillada de que el monstruo pudiera hablar. Al menos se estaba comunicando con ella. No parecía que fuera a matarla. Le pidió otra vez: «sólo quiero ver a…» y ella misma se calló cuando Derek, muy serio, negó con la cabeza. La niña, con zapatillas de cordones blancas, vaqueros azules y una camiseta de tirantes también blanca, miró al frente intentando adivinar adónde se dirigían, dónde le llevaba aquel hombre. «Este hombre ha matado a mi mamá», pensó, aunque ni ella misma supiera bien qué significaba aquello.

Para cuando llegaron a la casa, la puerta todavía estaba abierta. Derek la había dejado sin cerrar al salir. Se coló en el mismo garaje donde había encontrado la escopeta. Esta vez, cerró bien todas las puertas por dentro, con llave y, de haberlo, con cerrojo. Se aseguró de que no hubiera ninguna ventana abierta y bajó todas las persianas. Tenía que decidir qué iba a hacer. Si ellos le encontraban, le juzgarían injustamente cuando deberían condecorarle. Y se les daba a la niña, era tanto como arrojarla en las fauces de La Oscuridad, que la devorarían en un infierno de dolor infinito. Miró a la niña en vaqueros y camisa. Pobrecilla, no tenía culpa de nada. No se merecía daño alguno.

– ¿Cómo te llamas? – le dijo.

La niña le miró rápidamente y bajó la vista, incapaz de mirar a los ojos de aquel hombre que la había traído a un lugar desconocido. Ante el silencio tras la pregunta, y comprendiendo que se esperaba una respuesta por su parte, dijo:

– Mi mamá…

– No puede ser, cielo, tu mamá tenía… el mal, una enfermedad dentro. Una enfermedad muy grave. He intentado curarla, pero no sé si lo habré conseguido. Lo he hecho por su bien, y por el tuyo. Estoy intentando salvarte de la enfermedad. ¿Lo entiendes?

Como ella no contestara, mirando al suelo, Derek volvió a preguntar:

– ¿Lo entiendes?

La niña asintió levemente y se arriesgó a mirar a Derek de forma fugaz, sólo para preguntar:

– ¿Voy a poder ver a mi mamá ahora?

Ah, cómo explicarle que su mamá estaba muerta. Que jamás volvería a verla. Que quizá ni siquiera él fuera capaz de defenderla a ella del Diseñador de Latas y su vida terminaría en un manantial de lágrimas, o algo peor. Cómo decirle.

– Está enferma. Muy enferma. Con algo muy, muy malo dentro. ¿Cómo te llamas, cielo?

Esta vez, musitada en voz baja, sin dejar de mirar al suelo, una respuesta:

– Diana.

– ¡Bien, Diana! Estoy intentando ayudarte. Vamos a sobrevivir a esto, te lo digo yo. Confía en mí. Confía en mí.

Cuando repitió la frase «confía en mí», la niña alzó los ojos otra vez, esta vez manteniéndolos unos segundos fijos en Derek. Diana no había sentido tanto miedo en su vida. No entendía qué pasaba, necesitaba a su madre y apenas empezaba a captar que este hombre quería ayudarla, y no hacerla daño.

– No me hagas daño -le dijo, un poco más segura, capaz ahora de lanzar un imperativo, aunque con voz rota y suplicante.

– Nunca. Nunca. No sé quién eres, Diana, como tú no sabes quién soy yo, pero nos enfrentamos a algo que quiere hacernos mucho daño, como a tu madre, y yo sólo quiero protegerte. Me llamo Derek, Diana, y haré lo que esté en mi mano para salvarte.

No muy convencida, la niña interrumpió de nuevo el contacto visual y se restregó la cara con las palmas de las manos para limpiar las lágrimas que comenzaban a brotar otra vez. Derek la miró, enternecido. Pobre niña, pensó, pobre niña. Y no había solución, probablemente cayera en las manos de La Oscuridad por mucho que él tratara de evitarlo. Aunque quizá…

Quizá había una solución. Quizá la hubiera. Una forma de salvarla, de salvarlos a todos, incluido él mismo. Sí, quizá. ¿Se atrevería a hacerlo?

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