Derek hacia la espesura VIII

Derek creía que podía funcionar. Podía ser la única solución. Ese sentido especial y distinto que lo diferenciaba del mundo, y que le permitía ver lo que otros no veían, dirigía su intuición y sus certezas con meridiana claridez, a veces, y con sorprendida duda, otras. Matar las manifestaciones del Diseñador de Latas no había funcionado. No funcionaría nunca. Cada vez que acabara con su forma mortal, tomaría otra. Quizá cientos de ellas. Quizá miles. No, no podía acabar con media humanidad a base de escopetazos o de bombas. Incluso aunque pudiera, no quería. No era un terrorista. No quería matar a nadie, destruir vidas, provocar tristezas y llantos. Al contrario, quería recuperar y salvaguardar todo aquello, todo lo bueno del mundo, para la humanidad.

Pero La Oscuridad no dormía. Y pronto, de no hacer algo, otros como la madre de Diana caerían en sus garras.

Quizá… Diana… Diana podía ser la clave. No, Derek lo sabía con seguridad: Diana era la clave. Aunque algo en lo más profundo de su ser se agitaba ante la idea.

Algunos pueblos amerindios, Derek lo sabía porque lo había leído, creían que los berdache, dos espíritus de géneros opuestos, estaban fusionados a veces. Con esa fusión, alcanzaban grandes poderes, fuerza sobrehumana, inferencia mística y otras cualidades que la fusión de lo masculino y lo femenino les daba. Los berdache, fusión de dos espíritus, dan lugar a un poder tan grande que no hay fuerza que pueda oponérsele. Un dos-espíritus podía oponerse al Diseñador de Latas. Un dos-espíritus podría acabar con El Mal de una vez y para siempre. Pero, ¿cómo generar un dos-espíritus, si los berdache sencillamente son, y nadie sabe por qué?

Derek creía saber la respuesta. Se sentó al lado de Diana en el sofá. La niña se encogió ostensiblemente al sentir la presencia del hombre cercana a ella, como si esperara un golpe, pero no dijo nada. Tampoco levantó la vista. No se atrevía a mirar a Derek.

– Tranquila -le dijo-. Creo que sé cómo hacer que esto acabe. Sé cómo podemos hacerlo.

La niña le miró otra vez, primero a ráfagas, luego depositando la mirada en Derek durante segundos seguidos. Diana no sabía que pensar, si debía creerle, quién era él, qué estaba pasando. Sólo quería volver con su madre. Recordaba bien cómo había disparado a su mamá con la escopeta, pero el hombre le había dicho que confiara en él y, de momento, no le había hecho daño. Se mantuvo callada.

– Hay una forma de parar la enfermedad que ataca al mundo -continuó-. Una forma de parar la enfermedad, como la que tuvo tu madre. Podemos, tú y yo, salvar a gente como tu madre.

Al oír esto la niña, por primera vez, miró fijamente a Derek.

– ¿Quieres salvar a gente como tu madre, Diana?

Ella asintió con vehemencia. Era lo que más quería en el mundo, quería que su mamá viniera a por ella, que la abrazara. Tenía muchas ganas de abrazarla.

– No habrás oído hablar de ellos, cielo, pero hay espíritus, los berdache, que cuando se fusionan se vuelven muy poderosos, se convierten en un ser llamado dos-espíritus, que puede acabar con El Mal, con enfermedades como la que curé en tu madre. Sólo tenemos que… fusionarnos.

Tras decir la palabra fusionarnos Derek pasó un brazo sobre los hombros de la niña.

Diana le miró, como esperando. Como esperando a que le explicara qué era lo que lo solucionaría todo y salvaría a su madre, pero él se limitó a mantener el brazo sobre ella y a mirarla.

Algo se revolvió en el estómago de Derek al pensar en lo que tenía que hacer. Pero era la única forma. No sabría siquiera si podría. Si su cuerpo reaccionaría. Por un lado, veía claramente que era el único modo de salvar al mundo. Por el otro, sólo era una niña. Ocho o nueve años. Ni siquiera tenía todavía formas de mujer.

Apretó más el abrazo sobre los hombros de la niña. Iba a ser muy difícil, en muy diferentes sentidos. Tenía que crear un dos-espíritus con la fusión con la niña, pero era físicamente complicado. Una cuestión de tamaños. Y psicológicamente aberrador; la mera idea le horripilaba. Pero había que hacerlo. Por la madre de Diana, por todas las madres, por todos aquellos que no se merecían caer en las garras de La Oscuridad. Por la misma Diana, aunque ahora le doliera. Y le iba a doler.

Lo primero era lograr que se le endureciera. No le gustaban las niñas, no era excitante para él. Sin embargo una combinación sucia de morbo e imaginación, mezclado con desprecio al acto y sexualidad prohibida, pensando en cómo podía producirse la penetración, dándole vueltas a la fusión de los berdaches, de su espíritu masculino y femenino, que germinara en ella un dos-espíritus con su semilla, le llevó a bombear sangre a la entrepierna. Notó cómo crecía levemente. Sí, iba a funcionar. Sí, iba a funcionar muy bien. Se acercó más a la niña, sus piernas tocándose mientras la envolvía con su brazo. La sintió respirar a su lado. Había que hacerlo, era un héroe. Tenía que hacerlo, aunque le asqueara. Su cuerpo había entendido su cometido, y podía sacrificarse. Su cerebro le estaba siguiendo hacia ella, por su propio bien. Su boca empezó a sequear, anticipando el acto.

– Verás, cielo, tenemos, tú y yo, que juntarnos. Juntarnos mucho. Para ser uno. Para que yo ponga algo en ti que salvará al mundo, a la gente, a la gente como tu madre.

Con la mano izquierda le acarició el pecho. No había abultamiento allí, pero el mero roce con la mano por encima de la camiseta blanca de tirantes se la puso completamente dura. Ahora sabía con certeza que podría. Ya no podía pararse, por fortuna. Con la misma mano con que había acariciado el pecho, atrapó la mano derecha de la niña y la llevó a su entrepierna, ahora dura y abultada, para que ella le tocara. Diana no reaccionó y sólo dejó la mano apoyada allí, ante la presión de Derek, sobre los vaqueros. Y Derek supo, como siempre lo sabía, que era el momento. Que era valiente, que no podía dudar. Tenía que hacerlo.

Se levantó, desabrochó la cremallera de los vaqueros de la niña con sus grandes manos y se los bajó de un tirón. En ese momento la niña empezó a defenderse. No quería que le quitara la ropa. Le daba miedo estar sin pantalones con aquel hombre. No quería.

– Vamos, vamos. Es por tu bien. Tenemos que hacerlo.

Pero nada de lo que Derek dijera sirvió para calmarla. Diana empezó a gritar y a patalear, moviendo brazos y piernas en todas direcciones, intentando desprenderse de Derek. No tenía posibilidades, y él ya estaba decidido. Mientas con una mano sujetaba a la niña y paraba los golpes, con la otra se desabotonó y bajó sus propios vaqueros y calzoncillos, dejando a la vista una polla erecta bastante pequeña. Por primera vez en su vida, Derek se alegró de tenerla pequeña. Lo haría más fácil.

Oyó ruidos provenientes de la verja de la casa. Alguien estaba entrando en el terreno y venían buscándole. El sonido inconfundible de la puerta, que conocía bien, y pasos. Voces. Era la policía. La policía le había localizado allí. Venían a por él, no había tiempo. Se le acababa el tiempo de salvar al mundo de La Oscuridad.

Con un par de movimientos bruscos y certeros, Derek quitó las braguitas a la niña. Tardó sólo unos segundos en acercar su cadera a la de ella. Puso la punta del pene en su coño diminuto, cuyos labios abrió con los dedos de la mano izquierda, y escupió al interior, cayendo la saliva más en el exterior de los labios que dentro.

Y embistió. Costó que entrara, mientras ella chillaba y chillaba y se retorcía de dolor. Derek hubiera preferido que estuviera en silencio, pero entendía su dolor. Su trauma. No había otra forma. Oh Dios, pensó Derek, ¿por qué no había otra forma? Metió y sacó su pene sientiéndolo palpitar dentro de ella. Cada embestida un poco más adentro. Cada embestida un poco más cerca de correrse. Ni sintió ni vio la sangre resbalando. Se sintió crecer dentro de ella y saboreó la sensación de estar al límite del orgasmo.

Y se corrió dentro de ella. Aunque lo disfrutó, porque el placer era físico, algo dentro de Derek se murió por dentro. Sabía que aquella atrocidad era el precio que tenía que pagar para combatir al Diseñador de Latas. Quizá ningún otro hombre hubiera tenido los arrestos que tuvo él. Se sintió triste y orgulloso al mismo tiempo.

En ese momento, la policía entró en el salón y les encontró en posición. Derek sacó su pene, retirándose rápidamente a estado de flacidez tras eyacular, de la niña sangrante y se puso en pie.

– Está hecho – les dijo a los guardias-. Está hecho. La semilla de la salvación está sembrada. El dos-espíritus de inmenso poder acabará con El Mal. No debéis tocarla, debe germinar.

– ¡QUIETO! ¡NO SE ACERQUE MÁS!

Los policías le gritaban al tiempo que le apuntaban, ambos con las pistolas fuera de las cartucheras. Pero Derek ya no escuchaba. Derek sabía que había cumplido con su deber. Derek había finalizado su tarea.

– Dejadla en paz – les dijo-. No la toquéis, no os acerquéis.

Con cada palabra Derek avanzaba un paso hacia los policías, que gritaron de nuevo que se parara, que no siguiera acercándose. Al contrario, Derek aceleró el ritmo aproximándose a ellos… y describiendo un quiebro rápido hacia la escopeta. Si acababa con los policías, o al menos conseguía retrasarlos, cabía la posibilidad de que la semilla berdache suma de femenino y masculino llegase a alzarse con inigualable poder. En las décimas de segundo que tardó en recuperar la escopeta y apuntar a los guardias, la pistola de uno de ellos disparó una bala que acertó a Derek en el pecho. Una segunda, del otro agente, en la pierna. Y la tercera, la que le mató, surgió de la primera pistola y del primer policía que había reaccionado ante la amenaza de la escopeta. Le dio en el cuello.

Derek se desangró y murió en el suelo del salón de casa de su tío. Lo hizo con una sonrisa en la boca: la última esperanza estaba sembrada, y era un héroe.

 

 

 

 

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