Derek hacia la espesura

Las latas de conserva estaban extrañamente apiladas. Quizá fuera por la iluminación del supermercado, pero le parecía que seguían extraños patrones que daban lugar a un dibujo… o casi. Eran las letras de las etiquetas, tal vez; la gama de colores que seguían las distintas marcas. Quizá otra cosa, el orden de apilamiento, pero había un patrón, seguro. Y ese patrón quizá fuera un mensaje. Pero, ¿qué empleado de supermercado iba a dedicar todo ese tiempo y esfuerzo a diseñar un enmascarado y complicado dibujo subliminal con las letras grabadas en las latas de conservas de aquella estantería? ¿Para qué, por qué?

Llevaba yendo a aquel supermercado durante varios años, y nunca había visto nada parecido. O no se había dado cuenta, al menos. Y sí, quizá fuera la iluminación… Pero era curioso aquél orden de letras, latas y etiquetas. Curioso, cuando menos. Conocía a Christine, la cajera, desde hacía varios años. Compraba allí a menudo porque estaba cerca de su casa en la ciudad, y solía intercambiar con ella algo de cháchara cuando le despachaba. George, otro de los chicos que trabajaba allí, era más soso con las palabras, pero tampoco le veía capaz de dedicar varias horas a hacer algo así.

¿Se lo estaría imaginando? De pronto aquel pasillo del supermercado le resultaba angustioso, asfixiante. Se alejó de las latas tanto como se lo permitieron sus pies anclados en el suelo, reclinando primero la cabeza y luego la espalda hacia atrás. Pero no era suficiente. Las latas, aquel diseño, aquel dibujo, seguía estando demasiado cerca. Olvidó que había venido buscando albóndigas en conserva para comer luego. Tenía que alejarse de allí. De aquello. Dio dos pasos de espaldas, pero ya tenía la cabeza inclinada hacia atrás y el movimiento le hizo perder brevemente el equilibrio y, aunque no llegó a trastabillar, notó en la parte alta de su espalda el contacto de algo duro.

Se dio la vuelta enseguida, asustado.

Había chocado de espaldas con la estantería del otro lado del pasillo al alejarse de las latas. Sonrío un poco. Se estaba comportando como un niño. Pero se le murió pronto la sonrisa en la boca al darse cuenta de que ahora estaba dando la espalda a las latas. Al dibujo de las latas.

Empezó a andar lejos de aquel punto, más allá del pasillo, y pronto no pudo controlar sus pies. Aceleró el ritmo sin darse cuenta, pasillo tras pasillo, hasta llegar a las cajas. Se dirigió rápidamente a la fila de “salida sin compra”. Tenía miedo. Mucho. Aquellas latas le asustaban más de lo que le hubiera asustado nada en mucho tiempo. Tenía que salir de aquel supermercado tan pronto como pudiera. Notaba su respiración agitada y, si le hubieran preguntado, habría contestado sin dudarlo que sentía sus pupilas tan dilatadas como su corazón. Empezó a ponerse nervioso. Le quedaban unos treinta segundos hasta la puerta de salida y aquello que le aterrorizaba quizá no esperara tanto…

Un pitido intenso le desgarró los oídos durante un instante. A él, y a todos los clientes del supermercado. Y a Christina, la cajera, que le miró ahora sin entender mucho, con el ceño fruncido, tratando de entender qué estaba robando, por qué había saltado la alarma del detector y por qué aquél tío caminaba tan deprisa. Al reconocerle, sonrió levemente.

– Derek, ¡se te ha olvidado pagar! – le dijo, y ensanchó la sonrisa.

Pero cuando Christine abrió la boca para añadir un comentario chistoso, del tipo “¿Tan mal te van los negocios? ¡Jaja!” tuvo que volverla a cerrar en seguida. Lo que vio no le gustó nada y le dejó algo atónita. Derek miraba con ojos desencajados, perturbados, la frente empapada en sudor, y sujetaba entre sus manos, con fuerza, un paquete de pan de molde que empezaba a espachurrarse en la tenaza de sus dedos. Algo no iba bien, eso Christine pudo verlo con toda claridad.

El cerebro de Derek tardó un momento en darse cuenta de lo que significaba aquel pitido y de lo que estaba pasando. Miró hacia abajo y descubrió que todavía tenía el paquete de pan de molde que había cogido para acompañar las albóndigas

(en lata, las latas, las malditas latas)

aferrado entre las manos, ya empapadas en sudor nervioso. Sabía que tenía que regresar para devolverlo, dárselo a Christine, pero la idea de adentrarse más en el supermercado, acercándose a las latas, le aterrorizaba. No era una opción. Y algo muy dentro de su educación y de su cordura, grabado a fuego en los pilares de su infancia, le impedía también salir corriendo con la compra que no había pagado en las manos, así que tomó la única opción que su cerebro en estado de pánico consideró aceptable: lanzó el paquete de pan a Christine. La compra surcó el aire unos segundos, pero las manos de Derek resbaladizas por el sudor y temblando de miedo no pudieron imprimir la fuerza deseada. El paquete cayó a un metro de Christine y se quedó en el suelo, ya espachurrado por los nervios previos de Derek. Christine le miró atónita y él quiso explicarle qué pasaba, hablarle de las latas, pero no había tiempo para aquello.

No había tiempo para nada. Tenía que salir de allí. Y a toda prisa, sin pensar en nada más, eso hizo. Salió del supermercado y empezó a correr. No a andar rápido, no. A correr. Hacía mucho tiempo que no corría, por nada, y no solía practicar deportes. Sabía que le sobraban unos cuantos kilos, y quien dice unos cuantos dice veinte o treinta, y que su barriga cervecera era el terror de las nenas, pero nunca le había importado tanto como en aquel momento el no estar en forma, mientras sentía su respiración jadeante cada vez más agitada a medida que el esfuerzo aeróbico iba requiriendo mucho más aire y no daban de sí sus fosas nasales ni su boca.

No miraba atrás, sólo corría. Su mente en estrés buscaba una salida, alejarse lo más posible de las latas, y nada le parecía seguro. Durante un rato no supo dónde ir, adónde dirigirse, sólo corrió tan lejos como pudo del supermercado, de Christine, del paquete de pan de molde sudoroso tirado en el suelo, de los clientes que sin duda ahora cotilleaban al respecto y, sobre todo, de las latas. Del diseño con el que estaban colocadas.

Siguió corriendo durante tal vez diez minutos sintiendo y sin sentir, al mismo tiempo, dolor en la espalda y en la rodilla derecha por el esfuerzo. Su cuerpo no estaba acostumbrado a aquella explosión muscular. Divisó a lo lejos algo que consideró, quizá, una posible salida. Un refugio al tiempo que una huida: el bosque. Allí, en la espesura entre los árboles, estaría más a salvo. Podría esconderse. Acurrucarse contra un tronco… huir.

Acurrucarse contra un tronco. Quizá un roble. Sí, un roble, uno fuerte y grande que le protegiera. Visualizaba el roble que le salvaría con toda claridad en su cabeza. Corrió con más intensidad hacia los árboles, hacia el bosque. Sin pensarlo dos veces, con un pinchazo de dolor en la rodilla derecha y el horroroso recuerdo de las latas de conserva martilleando latente en su cabeza, Derek se internó en la espesura.

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