Después de la guerra

Fingió que no lo sabía después de la guerra. Lucía no era de las que se contenían. Estaba claro que con su libido no había pasado dos años sin encontrarse con nadie. Tenía que haber experimentado con otros amantes, sin duda. El caso es que no se había quedado preñada. Eso era lo importante. Tampoco significaba nada, en realidad. Podía haberlo perdido prematuramente. O haberse hartado de amar a otros y no haberse quedado. O haberlo tenido y abandonado. Dos años dan para mucho. Pero allí estaba: libre, delgada y sola. Esperándole.

Y no dejaba de abrazarle. De sonreírle. De preguntarle. De hablarle. De acariciarle. Decía que le había echado mucho de menos.

Era imposible. Imposible que en dos años no le hubiera puesto los cuernos mientras él mataba nazis. Tenía que haberle engañado, seguro. Con cuántos, era difícil saberlo. Quizá un par de ellos, que se prolongaron en el tiempo. Tal vez muchos, muy variados, que le duraban sólo una noche. Pero sola, sola era imposible que hubiera pasado dos años.

Era incomprensible que ahora le mirara a los ojos y le dijera que le quería, que se había ido consumiendo por dentro en su ausencia, que sin él no era nada ni estaba completa.

Paparruchas. Tenía que haber mantenido relaciones con otros hombres porque dos años era mucho tiempo.

Así que la dejó. Eres una furcia, le dijo. Cómo has podido ser tan hija de puta, le espetaba, mientras ella lloraba y hacía como que no entendía nada, como si no supiera de qué hablaba, mientras gritaba, simulando que tenía el corazón roto, que le había esperado durante la guerra.

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