El calzado adecuado

A veces los zapatos que nos toca vestir no son los zapatos que nos corresponden. A veces, son una talla más pequeños, y duelen. Otras, son demasiado grandes para nuestros pies y nos marean con esa sensación constante de extenderse como un océano de vacío a nuestro alrededor, sin encajar, sin encontrarnos definidos, envueltos, bien emplazados.

Es muy probable que encontrar un zapato de tu talla sea la clave de la felicidad. ¿Alguien ha probado a andar con unos zapatos de otra talla durante un largo trecho? Qué infierno, ¿verdad? Tanto por pequeños como por demasiado grandes, qué infierno.

Imaginen caminar así toda una vida.

A Irene, aquella noche de fiesta, no se le rompió el tacón, que es lo típico, sino la tira de una de las sandalias. Mi amiga no perdió la sonrisa, pero es como para desquiciar a cualquiera, tener que ir cojeando.

Imaginen caminar así toda una vida.

Pero es más: imaginen por un momento que lo que quieren no es, sencillamente, pasear, recorrer el camino, disfrutar del paisaje, donde pueden hacer pausas y descansar a discreción. No, imaginen que quieren liderar. Guiar. Liderar y guiar al grupo, a la manada, a sus congéneres.

Prueben a hacerlo con un calzado que no les corresponde. Que les quede grande y se les salga, les distraiga, les incomode. O con unos zapatos estrechos que les causen heridas, molestias, dolor. Con esos zapatos no podrían ni andar unos metros, así que imagínense formar la vanguardia, ser los primeros o ganar la carrera. Imposible. Para eso, mejor quedarse en una cueva. En la cueva. Y no salir nunca a pasear, a correr.

Creo que, en la vida, hay quien se queda en esa cueva porque le molesta el calzado, sea cual sea el problema con sus zapatos. Quizá, como mucho, suban al tejado de la casa en la que se refugian, esa cueva de tranquilidad y calma, de confort, y allí se queden, viéndolas pasar. Ese calzado que falla pueden ser muchas cosas: falta de habilidades sociales, por ejemplo. O un aspecto físico que incomode en la vida (esto es especialmente cierto, me temo, para las mujeres, y literalmente cierto en taras físicas como la obesidad, donde la vida cotidiana es incómoda material y logísticamente, además de en lo social).

O quizá el problema con nuestras zapatillas sea a veces la energía, como los depresivos que no tienen fuerzas ni para ducharse; como si unos zapatos demasiado grandes nos robaran la garra, y unos demasiado pequeños nos asfixiaran las ganas de vivir.

Deberíamos pasar la vida –o la no vida- buscando unos zapatos de nuestra talla, hasta encontrarlos. Porque si no, vas a llegar tarde. O peor: no vas a llegar jamás.

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