El click de las esposas

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Él nunca le decía si era bonita. Ni siquiera cuando le preguntaba directamente: “Alberto, ¿crees que soy guapa?” Él contestaba con algo parecido a “No preguntes tonterías”. Sólo se sentía bella cuando él la miraba como si fuera a devorarla, antes del sexo. Después, fea otra vez. De tan fea, transparente, porque él apenas la echaba en cuenta. Salvo cuando la miraba fijamente y ella tenía que apartar la vista. Hacia abajo, mejor. Por si acaso.

Nunca había conocido a otro. Alberto fue el único, el primero. Y menudo primero, como un sueño. Ese sueño cuyas fotos junto a él quieres poner en Facebook. Ese sueño que quieres presentar a tu familia. Ese sueño que nunca creías poder alcanzar. Tan carismático, querido, sonriente, con alguna rubia cerca tan guapa que, para ella, Alberto era sólo una fantasía.

Se pasó los dos primeros años preguntándose por qué se había fijado en ella, y los dos siguientes empezó a entender, poco a poco, por qué no la dejaba. A su manera, él la quería. Y había cosas. Cositas, de esas que salen a relucir con el tiempo. De las que no te das cuenta en las primeras citas, pero pasan los meses y empiezan a estar ahí. Y ella le necesitaba. Sabía bien que siendo fea, y tan tonta, él se lo recordaba mucho, nunca iba a encontrar a otro. Ni siquiera a otro mejor o peor, sencillamente nunca, a otro. Los dos lo sabían, ella no valía nada.

Estudió de nuevo la pantalla. Era Ryanair. Todavía tenía familia allí, se alegrarían de verla, le acogerían hasta que pudiera valerse por sí misma. Un billete, sólo ida. Hizo clic sobre “finalizar compra”, y el ruido del ratón le recordó al de una cuerda que se rompe, al de unas esposas que se abren.

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