El día que nada me entretuvo

Nada en absoluto. Ni competiciones de egos ni luchas por el poder ni recelos vendidos ni separaciones con puñal incluido. Ni intentos de demostrar ni ganas de probar ni deseos de dañar ni interés por pertenecer.

Iba a escribir las palabras más profundas y certeras. Pensaba hablar de vida y de muerte, de luces de neón, de los Monty Python, de alguna idiota obsesionada conmigo a la que no querría ni en pintura, de Enrique Bumbury, de Feisty Fawn, de mujeres, de impuestos, de dramas, de belleza, de personas muy equ00ivocadas conmigo, de los no-cumpleaños, de estupidez, de odio, de la isla de Perejil, de guerras, de la extinta Sociedad de Naciones, de la Alianza de Civilizaciones, de cocaína, de Sadie Plant en tono irónico, de la televisión, de los bancos de los parques, de represalias, de cabreos, del pasado, de Brunete, de amigos hoy día, de contraseñas perdidas, de círculos viciosos, de enfados que hay que llamar llantos para tener una excusa, de juegos, de no poder fiarse de nada, de cansancio, de nombres y direcciones, de engaños, de pretensiones idiotas para personas adultas, de risas a destiempo, de libros que no he leído con argumentos que conozco a la fuerza, de un garañón salvaje llamado Huracán, de mis vecinos, de Tanger, de las puertas de Troya, de ganar elecciones de humo, de venganza, de líderes, de las conexiones sin cables y de los mapas del cielo. Pero no escribiré nada sobre ninguno de estos temas.

Nada en absoluto. Ni siquiera hablaré del olvido porque eso no sé qué es ni cómo se hace. Es mucho mejor, más rápido y ligero, cambiar la frecuencia del dial para que suene la música. Otra música.

Tengo un blog en el que publicar lo que se me pasa por la cabeza, pero no hoy.

Hoy nada me entretiene.

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