El interior del cohete no era muy corriente

El interior del cohete no era muy corriente. Apenas una cápsula con espacio para dos personas, pero estaba solo. Podía tumbarse y girar, y no podía ponerse de pie pero no importaba porque estar tumbado era como estar de pie. Lo que no podía hacer era encoger las piernas. Eso no. Ni estirar los brazos. Por lo demás, estaba cómodo. Lo peor quizá fuera saber que tendría que pasar mucho tiempo dentro del cohete.

Sabía que estaba surcando ciudades de estrellas invisibles, y que a su alrededor constelaciones de rocas iluminadas flanqueaban su estela. Eso le animaba un poco, aunque no era un motivo de alegría. Si acaso, lo debía ser de pena. Antes de irse había dejado un sobre para ella. Había escrito la carta a mano y en un folio aparte dibujó un águila tan bien como supo, a lápiz. Luego lo metió dentro del sobre y se fue. No tenía ya nada que hacer en la Tierra, así que se marchó en su cohete.

Cualquiera que le hubiera visto embalar y acicalarse para el viaje hubiera pensado que quizá se iba de camping. A las afueras. A la comunidad de al lado, a lo mejor. No más allá. No mucho más allá, porque no dejaba entrever ni en las miradas ni en los gestos que se iba para siempre. Si se lo hubieran preguntado lo hubiese dicho con palabras, como sin darle importancia. Pero nadie le preguntó. Así que nadie lo supo. No lo sabrían hasta que ella, quizá en bragas al despertarse por la mañana, bajara al recibidor de camino a la cocina y encontrara el sobre. Lo abriría, todavía somnolienta, leería la carta primero sin entender y luego progresivamente consternada al darse cuenta de lo que decía, de lo que implicaba, y quizá se cabreara a ratos y se sintiera triste el resto del tiempo, hasta que se le pasara. Tal vez, si no se le pasaba nunca, lloraría eternamente entremezclando las lágrimas con arrebatos de rabia. Pero se le pasaría. No era culpa suya. De él, no lo era.

Y lo cierto es que una vez dentro del cohete no podía recordar bien por qué se iba, aunque lo había visto muy claro al escribir la carta y meterla en el sobre. Ya no lo recordaba y, por más que lo intentó, no pudo acordarse. No pudo recordar qué era aquello, tan grave, que le había hecho partir. Pero daba igual, ella entendería. Acabaría por entender que había tenido que irse, como él lo había entendido en su momento. Lo había visto muy claro, así que había hecho las maletas, se había subido a su cohete y había iniciado la secuencia. La cuenta atrás. No recordaba por qué, pero tenía sentido. Era lo suyo, lo propio, lo que tocaba. Era como besar a alguien a quien conoces.

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