El juez ignoró su llanto antes del anochecer

El juez ignoró su llanto antes del anochecer. El juez era yo. Su juez. Y estaba harto de sus lágrimas de cocodrilo. No me entiendan mal, la quería un montón. De un modo despectivo y casi indiferente, la quería un montón. Pero he visto ciertos trucos antes. E incluso aunque no fuera un truco, no deja de ser annoying saber que hay otras que sí lo hacen. Llorar, poner cara de pena. En todos los ámbitos. Y que quizá Ilip no lo estuviera haciendo, sí, vale. Quizá no. Quizá estaba triste de verdad. Probablemente estuviera triste de verdad, sintiendo dolor, pasándolo mal. Pero me molestaba que esperara que, por el mero hecho de estar pasándolo mal, todo el mundo a su alrededor debiera volcarse hacia ella, socorrerla, compadecerla, ayudarla. O al menos, todos los hombres. Quizá era esa su intención. Quizá no, quizá sólo estaba triste y algo le dolía. A lo mejor no podía controlar las reacciones de los hombres a su alrededor, y que se acercaran como caballeros andantes a ella cada vez que esgrimía una lagrimilla no era un efecto premeditado por su parte, si no la consecuencia de que la mayoría de los hombres fueran gilipollas. O tal vez ambas cosas: antes de empezar a hacerlo adrede, se había dado cuenta de que los hombres se comportaban así y había empezado a hacerlo deliberadamente. Si cada vez que lloriqueo me salen esclavos como setas, voy a llorar más a menudo adrede. Sí, podía ser.

  • Buaaaaaa – me burlé, en un mensaje.

Era cruel y era consciente de estar siendo cruel. Porque quizá estuviera sufriendo de verdad, probablemente estuviera sufriendo de verdad, y yo me estaba riendo de ella imitándole el llanto. En un mensaje de texto.

  • Buaaaaaa, qué pena – seguí burlándome.
  • Gracias por ser un hijo de puta –respondió.

No lo dijo exactamente así. Usó otras palabras. No puso hijo de puta por ninguna parte, y era más sarcástico que otra cosa, algo así como “gracias por reírte de mí”. Con las lágrimas en los ojos, sin lágrimas en los ojos.

No me sentí un hijo de puta. O más bien: me sentí como un hijo de puta, pero no me sentí mal por serlo. Pensé que era lo que se merecía ella y las niñas como ella, acostumbradas al llanto fácil que rendía a sus pies a una manada de gilipollas y la sacaba de los problemas. Y, en caso de que no se lo mereciera porque el llanto fuera real y no lo mostrara adrede, a mí no me perjudicaba ser un hijo de puta con ella. Al contrario, se iba a sentir más atraída por mí, iba a tener más ganas de acercarse a mí, más intereses en estar conmigo. Por tratarla mal, o al menos lo que a mí me parecía tratarla mal pero en realidad era no ser imbécil, y no rendirme a sus encantos ni a sus lágrimas, por no ayudarla tanto si necesitaba ayuda como si no. Por distinguirme de los demás. Por comportarme como si fuera superior.

Por reírme de ella. Ilip, lo tenía comprobado, me quería más cuando me reía de ella. La cosa, el truco, era no dejar que se diera cuenta de que la trataba mal adrede: tenía que endulzarlo, encubrirlo, hacerle pensar que yo no quería tratarla mal, aunque lo estuviera haciendo.

  • Es que siempre estás igual –le dije.

Y eso pareció calmarla, y quererme.

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