El obelisco ecuánime

Era un obelisco ecuánime. Daba sombra en todo momento, voluntariamente. Nunca se quejaba ni se dejaba reprender. El caso es que era buen obelisco. Bueno de verdad. Un día incluso estuvo 24 horas allí, dando sombra. No se podía dar más. Todos los sabíamos, era un obelisco bueno de verdad.

Claro que la verdad es relativa. Yo, por ejemplo, como muchas espinacas. Pero como obelisco soy una mierda. Lo mío es más el windsurfing, con la tabla y las olas y eso. Y tal. Todo lo demás es para niños mimados y niñas tontitas. Que los hay, en todas partes. Es porque no comen espinacas, yo creo.

A mí me gustaría ser obelisco, pero no se me da bien. Después de un rato me canso y me apetece irme a bañarme a la playa. Me identifico más con las medusas y los caballitos de mar. Los caballitos de mar no toman espinacas pero aun así son chulos, me gustan. Aunque como obeliscos no dan mucho de sí.

El único obelisco bueno de verdad era el de la arboleda, que año tras año cumplía su función a la perfección. Era un obelisco del copón. A veces me agarraba a él y pensaba: “qué obelisco más bueno, es bueno de verdad”. No podía ser mi cónyuge porque era de piedra y a mí me gustaba hacer surf, pero le seguía teniendo en alta estima. Como defecto, por ponerle alguno, que no comía espinacas.

Me pregunto qué pasaría si un día el mundo se inundara. Entonces todo sería perfecto.

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