El Que Corre De Espaldas

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La Que Ríe Al Cantar sintió relámpagos de miedo vertebrándose en su interior como si se tratara de agua colmando el hueco de un árbol. La aprensión que la embargaba estaba más que justificada: otras veces había perdido de vista a su retoño, pero nunca tanto tiempo. El Que Corre De Espaldas había nacido apenas doscientos soles atrás, ni siquiera había empezado todavía a desarrollar la cornamenta que cuando fuera grande -y lo sería, porque era un macho altivo incluso en su infancia- le permitiría defenderse de los peligros y atraer a las hembras del bosque. Le llamaban El Que Corre De Espaldas porque cuando era muy pequeño le gustaba jugar a caminar hacia atrás y se tropezaba con sus propias patas traseras. En apenas unas decenas de soles había aprendido a dominar sus músculos y crecía rápido convirtiéndose en un orgullo para ella, como madre, y para su grupo, como futuro líder, pero era todavía joven y el candor en su sesera era patente en sus juegos y en sus excursiones más allá del territorio que su padre, El Que Berrea En La Noche, marcaba con frecuencia para que los otros machos del bosque y los enemigos de los ciervos no traspasaran los límites del espacio de su grupo. El Que Berrea En La Noche ya no berreaba ni en la noche ni en el día desde mucho antes de que naciera El Que Corre De Espaldas, pero mientras peinaban los confines del bosque buscando a su cervatillo era obvio que también a él, como a ella, le batallaban, por dentro, las ganas de bramar de desesperación. Eran varios soles ya sin encontrar a su hijo, y le rompieron los tímpanos y el corazón los bramidos que desgarraron su garganta al encontrar el cadaver de El Que Corre De Espaldas, orgullo y alegría del grupo, tan joven que aún no tenía astas, asesinado por uno de aquellos dos patas caído del cielo con un palo de fuego.

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