El último viaje (IV)

– ¿Y cuándo nos casamos, Yana? ¿Por qué no lo hemos hecho ya? Quiero tener hijos, ¿cuândo piensas tenerlos? Quiero una familia, una vida normal, ¿por qué no la tenemos?

Eran buenas preguntas, y Yana no tenía respuesta. Con 23 años la mayoría de las chicas que conocía ya eran madres de uno o dos chiquillos. Salvo Clenta, que era rara, y Olt y Manere, que no caían en gracia entre los chicos. Todas las demás, de una forma u otra, tenían familia o intentaban tenerla. Las preguntas de Martoc tenían sentido. Era raro que fuera el hombre en Randovero quien insistiera en casarse y tener niños, pero Yana le entendía bien. Era el momento, lo había sido ya durante un tiempo, y Yana no daba respuestas concretas. Sólo podía darle largas, y era normal que se enfadara. No sólo por tener que evitar la penetración, condición que Yana imponía tajante aunque se desviviera por satisfacer los deseos sexuales de su amante por cualquier otro medio, sino también porque sin una familia, en Randovero, no se estaba completo. Martoc había invertido mucho tiempo y paciencia en su relación, había apostado por ella, y Yana no estaba respondiendo como debía hacerlo una chica de su edad. Lo sabía, era consciente de ello.

Pero también sabía que si tenía un hijo ya no podría irse, ni soñar, ni investigar lo que la curiosidad le pedía. Si se amarraba a una familia ya no sería libre. Y era tarde, y era injusto para Martoc, pero no estaba segura de querer ahora una familia, quizá no lo estuviera nunca. Aquel hombre que se había portado bien con ella y que la miraba inquisitivo y enfadado tenía todo el derecho del mundo a exigirle lo que todos los demás hombres de Randovero tenían y ella no podía darle.

– Deberíamos dejar de vernos -le dijo, y cada palabra fue como una puñalada, para ambos.

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