El último viaje (Parte II)

Yana no levantaba un palmo del suelo pero sabía bien lo que era correr tras las luminosas Carsas, los pájaros del atardecer. Era lo último que hacía en el día, antes de regresar a casa para que su madre pudiera iniciar los rituales de antes de dormir. Para Yana dar rápidos pasos brincando detrás de las Carsas, tratando de atrapar alguna o al menos sólo rozarla con los dedos, de un salto, era también un ritual antes del sueño.

¿De dónde vienen?, pensaba. ¿A dónde van? Porque las Carsas sólo revoloteaban por las calles de Randovero en los meses más cálidos, y desaparecían durante el invierno. Quizá tengan una casa más allá de las montañas, reflexionaba, y su imaginación de diez años creaba grandes nidos dentro de cuevas que les resguardaban del frío detrás de las fronteras. O a lo mejor, imaginaba, al otro lado de las montañas, más allá del mar, hace calor cuando aquí hace frío. Yana sabía que eran tonterías lo que se le ocurría, porque todos sabían que más allá del mar no había nada, nada en absoluto, porque el mundo se acababa allí, en las fronteras. Pero era divertido dibujar en su cabeza Carsas brillantes volando por encima de los picos, o cruzando el mar en su característico vuelo bajo -tan bajo que a veces chocaban con las cabezas de los hombres-, hasta encontrar una eterna primavera en valles repletos de flores, donde eran felices. Quizá esta elfa lo sepa, pensó, y se acercó corriendo a una elfa de pelo negro, con atuendo de Novicia Guerrera, que caminaba hacia el norte del poblado con un arco en la mano derecha y un carcaj medio vacío en la espalda. Esa fue la primera vez que Yana vio a Lilei, de la estirpe de Alenda, y la primera vez, la primera de muchas, que Lilei reconoció que aquella humana de nariz diminuta y ojos grandes tenía algo especial. La niña caminó con grandes zancadas al lado de la guerrera, pensando que los elfos solían saberlo todo, y quizá esta elfa pudiera darle respuestas.

  • ¡Hola, soy Yana! -dijo, presentándose, imprimiendo a su saludo una energía vital de rara probabilidad, como forzada; quería caerle bien a la elfa-. ¿Tú cómo te llamas?
  • Saludos, Yana. Me llaman Lilei. Parece que me acompañas al molino.

El molino era el edificio más al norte de Randovero, rodeado de los terrenos del comercial Erantra, el humano más peludo que Yana, y probablemente Lilei, habían conocido en su vida. Era difícil saber cuántos humanos habría conocido la elfa, pensaba Yana, porque no envejecían igual. Los ojos rasgados que le miraban ahora podían tener igual veinte que doscientos años. Yana lo sabía a su corta edad aunque no pudiera abarcar el concepto del todo.

  • ¿Tú eres vieja, no? -le preguntó a la guerrera.
  • En comparación contigo, sí, pequeña. Muy vieja. ¿Qué haces tan lejos del pueblo?
  • Quería cazar Carsas, pero no quedaban cerca de casa y me he venido hasta aquí buscándolos. A veces he llegado a seguirles más lejos, hacia Silnevero -explicó mientras apuntaba con un dedo al oeste, casi orgullosa-, pero porque al menos podía verlos de lejos. Hoy no hay ni uno. Se han ido todos. Si eres vieja, y además eres elfa, sabes mucho, ¿no? Cuéntame, ¿dónde están los Carsas, se mueren? ¿O han viajado al otro lado de las fronteras?

Los ojos de la niña centellearon ante esta última idea. La posibilidad de que el mundo no se acabara donde se acababa. Se arrimó más a la elfa, mirándola. Yana era toda oídos.

  • Los Carsas, como tantos otros diseños de URI, son un misterio. Desde luego no vuelan hacia las fronteras. Parece que dejan de nacer, durante unos meses, hasta desaparecer, y luego comienzan a procrear de nuevo para alcanzar la población que vemos en verano. De cómo puede una especie desaparecer y reaparecer, nada sabemos; es el plan de URI.

A Yana URI, la diosa única, le quedaba muy lejos, y muy incierta; quería respuestas concretas.

  • ¿Y no puede ser que vuelen sobre las montañas y vivan donde ya no hay mundo?
  • Nadie les ha visto hacerlo nunca, pequeña.
  • Vaya -respondió la niña.

La elfa y la humana se miraron unos instantes. Una desilusionada por la respuesta, la otra expectante ante la posibilidad de nuevas preguntas. Y así la primera conversación que Lilei Alenda y Yana de Randovero mantuvieron giró en torno a los finales de todos los caminos y los confines del mundo. No se separarían nunca en los catorce años que les quedaban por delante, antes de emprender El Último Viaje.

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