El último viaje (Parte III)

En el atardecer de un día de invierno, sola en el punto más alto de la meseta sobre la que se alzaba Randovero, mientras el viento mecía las solapas de su abrigo azul, el que confeccionara la hermana de Lilei con piel de enteroide y ribetes dorados de pluma de vanití, Yana decidió que había llegado el momento. Tenía 24 años, el corazón en las nubes y el cerebro en el límite. Literalmente en el límite.

Hacía mucho tiempo ya que venía rumiando partir. Pensaba ir sola. Así se lo imaginaba en su cabeza. Una mochila, quizá la misma ya gastada que había venido usando los dos últimos años, algunos víveres, ciertos utensilios para la supervivencia, su mejor calzado y aquel abrigo que la hermana de Lilei le había regalado, que era una de las mejores prendas de vestir que había visto nunca; los elfos no solían trabajar la ropa, pero cuando lo hacían las prendas adquirían ese toque de extraordinaria calidad que caracterizaba a sus armaduras y cotas de malla, como si los pedazos de piel, tela o plumas pudieran compararse al esplendor y la magia de los atuendos de guerra élficos. Yana adoraba aquel abrigo por muchos motivos, además de los obvios.

Recordó el día en que Laula, la hermana de su amiga elfa, había enfermado. Y aquello era un acontecimiento insólito, porque los elfos no enfermaban. Pero Laula había empezado a hablar en extrañas lenguas, y no le respondían ni los brazos ni las piernas, ni controlaba sus fluidos corporales. Se la llevaron sobre una camilla de madera de Erren, tapada con una manta, lejos de Randovero; ningún humano sabe adónde. Volvió cinco semanas después, y se encontraba como nueva. Ante la pregunta, ¿dónde has estado?, Laula ofrecía como única respuesta una obviedad: curándome.

Sí, claro, pero dónde. Los elfos no hablaban de esas cosas. Hablaban muy poco y callaban misterios que sólo ellos conocían. Yana quería con todo su corazón a Lilei y apreciaba a su hermana, el clan Alenda por completo era su amigo, pero entendía también, con toda plenitud, que los humanos y los elfos eran diferentes en más de un plano de existencia. Lo importante era que Laula había vuelto sana y salva, y feliz.

Miró de nuevo al horizonte, las montañas. Se le desviaban los ojos a los límites del mundo cada vez más. Sólo uno era visible desde el punto más elevado de Randovero: al sur las Montañas del Brillo y su pico más alto, Kulandamaro, al otro lado del desierto. El Mar de Araña, llamado así, decían, por el entretejido blanco de sus olas en los días de viento, al este. Al oeste, las montañas de Sarente. Al norte, sólo bosque: el Bosque Infinito. De pequeña había querido creer que las Carsas, los pájaros del atardecer, se internaban en el bosque durante el invierno y regresaban después. Hoy sabía que las Carsas sencillamente morían, y luego volvían a nacer. Cómo, nadie lo sabía. Misterios de URI. Nada entraba y salía del Bosque Infinito, ni las Carsas ni los humanos ni los elfos. Era la frontera del norte.

Yana no apartó la vista de las montañas. Soñaba con que hubiera algo al otro lado. Otras gentes, otros mundos. Imaginaba que cruzaba las montañas y se acercaba a un poblado similar a Randovero, pero diferente, donde sus habitantes la mirarían extrañados y celebrarían haberse encontrado con ella ofreciéndole una comida cuyos sabores serían desconocidos para Yana. Lo que la habían enseñado afirmaba que no había nada más allá, y quizá fuera cierto. Pero debía comprobarlo.

Martoc ya no la hablaba, ni quería besarla más, ni estar con ella. La estación de siembra había pasado, su madre podía valerse por sí misma, y nada la ataba ya a Randovero. Salvo Lilei. A Lilei la echaría mucho de menos. Pensó que sería mejor no decírselo, y partir sin anunciarlo. Quizá un mensaje, que sólo pudieran leer tiempo después, para que no se preocuparan ni la buscaran. Sí, eso haría, escribiría un mensaje con tinta de enteroide que sólo Lilei pudiera descubrir, pues conocía sus lugares, y que fuera ella quien tranquilizara a su madre explicando que estaba bien y sólo había decidido irse buscando la frontera. Lilei lo entendería, su madre quizá no tanto.

  • Lilei lo entenderá -musitó, para sí misma, en el aire gélido de la noche.
  • ¿Entender qué? -contestó, acercándose, la elfa guerrera.

Se irguió imponente al lado de Yana. Recientemente la habían nombrado Maestra: era ya una guerrera que podía tener pupilos. No era fácil, muchos elfos sólo eran novicios hasta pasados cientos de años, y Lilei Alenda era mucho más joven. También era mucho más lista y más hábil. Cuando Yana era niña Lilei, de algún modo, le había protegido; había sido esa hermana mayor que nunca tuvo. Ahora también lo era, un poco, su hermana, pero sobre todo era su compañera. Y al mirarla lo supo: no podría separarse de ella. No sin sufrir.

  • Me voy, Lilei. Me marcho. Voy a comprobar que el mundo acaba en las fronteras. En unos meses, si mi madre está bien, partiré. Quizá hacia las Montañas del Brillo.
  • Están más cerca, sí -contestó la elfa, en referencia a las otras fronteras.

Y no la juzgó. No la interrogó. Su amiga conocía bien lo que surcaba su cabeza humana. No hubiera sido la primera vez que hablaban de los confines, ni de otros mundos posibles. Lilei sabía.

  • Necesitarás recipientes para agua que no derramen, y pan de agüero que no se corrompa con el tiempo, y te hará falta calzado adecuado, y me necesitarás a mí.
  • ¿Vendrás?
  • Sí, pequeña, claro. No te dejaré sola.

Yana asintió. Ya no era pequeña, y en otro momento hubiera tonteado de vuelta con un “orejas”, pero aquella noche sólo contempló el pico Kulandamaro en la lejanía y se le encogió el corazón. Que tuviera que hacerlo no significaba que no fuera a doler.

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