El último viaje (V)

Se acercó despacio al anciano. Probablemente no era el mejor momento. Probablemente, en sus últimos instantes de vida, el viejo quería de todo menos hablar de fronteras. Pero era, todavía, la persona que más había vivido en Randovero, además de los elfos. Y los elfos jamás le dirían nada. Ni siquiera Lilei. Y este anciano que tenía más de cuatro veces su edad, quizá supiera algo. O quizá no le importara en absoluto. Pero Yana, a quién jamás se le había ocurrido preguntarle nada en vida, había corrido a su lecho al enterarse de que el viejo Nimeno rondaba la muerte postrado.

Le saludó amable y le preguntó cómo se encontraba. Nimeno no contestó. Posó su vista en la chiquilla, eso sí, pero no abrió la boca. Así que Yana habló de varias cosas, todas seguidas, y muy deprisa: de las enfermedades, para empezar, diciéndole que sentía que se encontrara mal, que también la anciana Amara había enfermado y se había recuperado y hoy seguía yendo a por agua a diario, como si nada, fíjese, a pesar de su edad, y usted es mucho más joven, dice mi madre que solía usted ser buen corredor y en las fiestas siempre ganaba la Vuelta Grande, así que tiene usted buenos músculos, ya sabe, en nada está corriendo otra vez, bueno, o andando, ya me entiende, a pesar del frío, porque hace un frío que pela estos días, no lo siente usted porque aquí dentro con el fuego se está a gusto, pero ahí fuera no queda ni un ***(calas), se han ido todos, ni siquiera con mi abrigo de piel de entoide*** puedo quedarme quieta de noche, porque me congelo, una lástima, ¿no sería maravilloso que pudieran existir otros lugares más allá de las fronteras donde hiciera calor?

Y al escuchar esto el anciano sonrió.

  • Por supuesto que sí -respondió.

Era más un estertor levemente musitado, pero Yana le entendió con mucha claridad. El anciano estaba plenamente lúcido al decir “Por supuesto que sí”. Luego cerró los ojos, como durmiendo, pero Yana, excitada por la respuesta, quería saber más: “¿Entonces, hay otros lugares más allá de las fronteras?”, preguntó, trasluciendo ansiedad en su respusta. El viejo Nimeno no respondió, ni abrió los ojos, ni respiraba, y la joven humana comprendió, consternada, que el hombre más anciano de Randovero estaba muerto. Y con él, si la había tenido, una respuesta.

“Por supuesto que sí”.

Había sido un buen hombre, con una buena vida, con pocos enemigos, y aunque se mereciera descansar por fin, no se merecía morir.

  • Vaya -dijo Yana en voz alta, pero otra vez no hubo respuesta ni la habría ya.

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