Elevado

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No dejé de intentarlo por mucho que me costara cada una de las pruebas. Dios me había dicho que tenía el don, que podría hacerlo, que no podía ser tan difícil, que otros antes que yo lo habían conseguido. La historia de la humanidad estaba plagada de monjes que lo habían logrado y de personas que lo habían soñado. Y si el tejado no bastaba lo intentaría desde un rascacielos. Y si si eso no bastaba subiría a un avión. Al fin y al cabo, si nuestras máquinas podían, ¿por qué no yo? Era cuestión de intentarlo, de no perder la fe.

Dios siempre me había guiado con certeza y nunca me había fallado, aunque quizá yo no hubiera sido muy feliz. Sabía que ahora, en este objetivo, tampoco me abandonaría. Dios con su certera mano me rescataría y me alzaría hasta las nubes porque Dios era magnificente y no se equivocaba nunca. No me dejaría morir.

Así que el tejado bastaría. Mi familia no lo entendía, pero no les necesito y como nunca he tenido novia ni me gustan los perros tampoco hay mucho más que me ate al suelo. El suelo hiede. Del suelo hay que ascender hacia el cielo, donde nos espera Dios para abrazarnos y acogernos en el paraíso. Pensaba que allí, con Dios, se estaría mejor sin zapatos.

Si los globos podían hacerlo, si los aviones que ahora surcaban las nubes por el desfile militar lo hacían sin problemas, si los pájaros podían volar con facilidad, ¿por qué no yo? Sí, seguro que podría porque Dios estaba conmigo, sólo tenía que lanzarme al vacío desde el tejado de mi casa, y volaría.

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