Enigmas de la sexualidad

El otro día me llamó la atención un volumen de la biblioteca familiar por su titular atrevido: Enigmas de la sexualidad. Ajado por el paso de los años, mis padres lo habían comprado más o menos por la época en que Franco era corneta, de recién casados, y me bastó una ojeada superficial para constatar que las actitudes hacia el sexo y las prácticas sexuales también evolucionan; lo hacen, además, con sorprendente rapidez.

Prueba de ello es la sección que los autores del libro dedican a lo que ellos llaman “beso genital”. Aunque no rechazan la práctica de esta insólita y demoníaca caricia,

…no creemos que un beso sobre el lugar más íntimo de la anatomía personal pueda ser calificado de repulsivo, si los dos protagonistas sienten el deseo o el impulso de hacerlo.

continúan citando algunas de las opiniones de especialistas relevantes de la época:

Contrariamente a muchas opiniones modernas, que tienden a considerar el beso bucogenital -beso de excitación- e incluso la reciprocidad en la mujer -fellatio- como algo normal y que entra en los juegos preparatorios de la cópula, algunos autores lo siguen considerando un acto perverso. En realidad, una pareja normalmente sana -vienen a decir- no debiera recurrir a esos extremos, conducentes a buscar un placer desorbitado. Por otra parte, concretamente en el matrimonio, conviene que exista un respeto mutuo que ponga un valladar a las extralimitaciones. Roto ese valladar, pueden alcanzarse las aberraciones más inverosímiles. Después de proceder de tal manera, ¿pueden los padres mirar cara a cara a sus hijos sin sentir una recóndita vergüenza?

Y la parrafada mejora cuando tratan de arreglarlo exponiendo la idea de que, progresivamente, la joven población norteamericana está asumiendo tamaña práctica como cotidiana:

Nuestras observaciones nos enseñan también que el beso genital es frecuente en los matrimonios jóvenes actuales. Aunque para las mujeres se trata más bien de un desenfreno momentáneo y no de un comportamiento habitual. Se conocen muchos casos expuestos por médicos en los que la mujer ha reaccionado a semejantes juegos con náuseas y vómitos y nunca ha querido repetir este tipo de juego erótico.

Por mucho que pueda ser cierto -cualquier objeto que presione determinadas zonas de la garganta más allá del paladar tiende a provocar náuseas, salvo en casos específicos- es curioso el modo en que se aborda la idea y la mera posibilidad de su práctica. Lo sorprendente es que sólo ha transcurrido una generación desde que se escribieran las páginas de ese libro y, hoy día, nos resultan tan extremadamente conservadoras que pasan por ridículas.

Sin embargo, la reflexión puede ser muy otra. Leyendo este tipo de textos uno se pregunta si lo socialmente admitido -lo publicable- es también lo íntimamente admitido, y hasta qué punto hay una correlación entre las prácticas habituales en la intimidad del colchón de la pareja y lo que la sociedad considera digno o aceptable. Mientras hoy podría publicarse casi cualquier cosa y las nuevas generaciones probablemente tengan menos pudor en admitirlo, cabe preguntarse si las prácticas sexuales no eran exactamente las mismas hace cincuenta años, o cien, o mil, y sólo son las convenciones sociales las que desaprueban, toleran o animan su práctica, independientemente de lo que realmente se haga.

Es un fenómeno similar al que sucede en las encuestas cuando se plantean preguntas que implican una contradicción entre las creencias internas y las creencias culturales: gran cantidad de encuestados tienden a variar su respuesta en función de “lo que los demás piensan” y lo que “está bien visto”. Sucede así en el caso de preguntas sobre racismo y xenofobia, pero también en gran cantidad de actitudes respecto a los más diversos temas, en la medida en que los individuos tienden a calibrar -al menos de cara a la galería- sus creencias internas adaptándolas a una determinada imagen de lo que “la sociedad” considera positivo, admisible o deseable.

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